Foto: Revista Ecclesia

Sermón de las Siete Palabras
Dra. Dª. Nuria Calduch Benages,
Religiosa de las Misioneras Hijas de la Sagrada Familia de Nazaret
Valladolid, Viernes Santo de 2017

Muy buenos días. Saludo a todas las excelentísimas e ilustrísimas autoridades aquí presentes, en particular al cardenal arzobispo de Valladolid, Mons. Ricardo Blázquez, y al sr. alcalde Oscar Puente Santiago, y a todas las personas que hoy han acudido a esta magnífica plaza para participar en uno de los actos más significativos de la Semana Santa vallisoletana. Extiendo mi saludo a cuantos nos están siguiendo por los medios de comunicación, canales privilegiados que facilitan la difusión del mensaje y hacen posible que las Siete Palabras resuenen más allá de nuestros confines.
Solía decir don Isidro Gomà i Civit, mi primer maestro en Biblia cuando yo todavía era una niña, que la gratitud es la memoria del corazón. Por eso, mi primera palabra es una palabra de agradecimiento a todas las personas que han hecho posible que hoy una catalana de nacimiento e italiana de adopción (llevo más de 30 años viviendo en Roma), esté con todos Vds. este Viernes Santo. Y no me refiero solamente a Mons. Blázquez que, por medio de su secretario personal, D. Patricio Fernández Gaspar y el Sr. Juan Pablo Ruiz Alejos, Alcalde Presidente Cofradía de las Siete Palabras, me ha invitado a pronunciar este sermón, sino a todas aquellas personas, hombres y mujeres de fe, que siempre han estado a mi lado, animándome a seguir en el estudio, docencia y difusión de la Biblia; un camino iniciado hace muchos años que sigue dando frutos muy especialmente entre los jóvenes.
 
Me siento agradecida y honrada de poder formar parte de la familia de predicadores (y predicadoras, pues espero no ser la última) del Sermón de las Siete Palabras. ¡Cuántos ilustres predicadores no habrán ocupado este púlpito desde el lejano 23 de abril de 1943! Imposible nombrarlos a todos. Por eso, recuerdo solamente 

los nombres de los tres que me han precedido: Mons. Francisco Cerro Chaves (2014), 

D. Antonio Pelayo Bombín (2015) y Fray Luis Miguel García Palacios (2016).

Permítanme que me detenga por unos instantes en el título del sermón que me ha sido confiado: “Sermón de las Siete Palabras”. Seguramente se trata de una deformación profesional, pero no resisto la tentación de comentar la expresión “siete palabras”. Empiezo por el número siete. En la Biblia los números suelen tener un significado simbólico que ayuda a una mejor comprensión del texto. Los autores los utilizan ya sea para enfatizar algún aspecto particular del mismo, ya sea para crear relaciones intertextuales a distintos niveles. En numerosas ocasiones el uso de los números permite establecer contactos entre los dos testamentos que forman la Biblia cristiana. Me refiero evidentemente al Antiguo y al Nuevo Testamento.

En cuanto al número siete, se utiliza a menudo para indicar la idea de totalidad, globalidad, integridad, y también plenitud. Vamos a ilustrar lo dicho con algunos ejemplos. En el libro del Génesis, en el primer relato de la creación (Gen 1,1–2,4a), el día séptimo pone el broche final a la obra creadora de Dios: “Para el día séptimo había concluido Dios toda su tarea; y descansó el día séptimo de toda su tarea. Y bendijo Dios el día séptimo y lo consagró, porque ese día descansó Dios de toda su tarea de crear” (Gen 2,2-3). Siempre en el Génesis, José, el hijo preferido de Jacob, interpreta el sueño del faraón de Egipto gracias a la sabiduría que ha recibido de Dios: las siete vacas gordas y las siete vacas flacas que salían del Nilo significan siete años de gran abundancia en el país seguidos de siete años de terrible escasez (cf. Gen 41,14-36). Según el libro de Josué, cuando Jericó fue conquistada por los israelitas, el pueblo y siete sacerdotes que llevaban siete trompas dieron vueltas a la ciudad durante siete días consecutivos; el día séptimo dieron siete vueltas a la ciudad; a la séptima vuelta, los sacerdotes tocaron las trompas y Josué arengó al pueblo (cf. Jos 6,13-16).

En el Levítico está escrito que cada siete años, es decir durante el año sabático, no se podía cultivar la tierra en Israel, pues había que dejarla descansar, y después de siete ciclos de siete años, el año cincuenta, se celebraba el año jubilar (cf. Lev 25,8-17). El autor del segundo libro de los Reyes cuenta que Naamán, general del ejército sirio, después de haber contraído la lepra, fue a consultar al profeta Eliseo quien le mandó bañarse siete veces en el río Jordán (cf. 1 Re 5,1-27). Y, ¡qué decir de Salomón!, empleó siete años en la construcción del templo de Jerusalén y, durante su inauguración, mandó celebrar una fiesta que duró siete días (cf. 1 Re 6,38; 8,65). En el evangelio de Mateo, Pedro pregunta a Jesús: “Señor, y si mi hermano me sigue ofendiendo, ¿cuántas veces le tendré que perdonar?, ¿siete veces? Jesús le contestó: Siete veces, no; setenta y siete” (Mt 28,21-22), o lo que es igual, siempre, pues no hay límite para el perdón. Termino este repaso bíblico mencionando el Apocalipsis. En el último libro de la Biblia todo gira alrededor del número siete: siete iglesias, siete candelabros, siete sellos, siete trompas, siete copas, siete ángeles…

Pasemos ahora al término “palabra”. La Biblia está llena de palabras, palabras de Dios y palabras humanas, palabras proféticas y palabras sapienciales, palabras reveladoras y palabras enigmáticas, palabras que denuncian y palabras que consuelan, palabras que suplican y palabras que conceden… En hebreo, palabra se dice dabar. En efecto, el primer significado de dabar es “palabra”, ya sea el acto de hablar, el enunciado o su contenido. Así pues, se puede traducir también con mensaje, discurso, recado, informe, razón, argumento, trato o conversación, entre otros. Ahora bien, a este primer significado hay que añadir otro, pues dabar también puede significar hecho, suceso, acontecimiento, acción, gesto, prodigio. Y por abstracción pasa a significar “cosa”, “algo”, y en negativo “nada”. En muchas ocasiones las dos acepciones son inseparables. Retomemos el primer relato de la creación. Allí descubrimos que Dios crea por medio de su palabra (“Dijo Dios, que exista la luz y la luz existió… Y dijo Dios, que exista un firmamento entre las aguas, que separe aguas de aguas. E hizo Dios el firmamento y separó las aguas de debajo del firmamento de las aguas de encima del firmamento. Y así fue”, Gen 1,3.6-7). Es decir, la palabra que sale de su boca posee una fuerza que genera acción y transformación. Así la describe el profeta Isaías, “Como bajan la lluvia y la nieve del cielo y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo” (Is 55,10-11). En palabras modernas, la palabra de Dios es una palabra performativa, es decir, realiza aquello que proclama.

Esta palabra potente y generadora de vida contrasta con las palabras humanas que con frecuencia son meros envoltorios, sonidos huecos, falsas promesas, disculpas infundadas, adulaciones interesadas… palabras que no concuerdan con la realidad. En italiano hay un proverbio que recita: “Tra il dire e il fare c’è di mezzo il mare” que sería el correspondiente de nuestro “del dicho al hecho hay mucho trecho”. Todo lo contrario de la palabra de Dios.

En resumen, las “Siete Palabras” son mucho más que las siete palabras que Jesús pronunció en la cruz. Las siete palabras son mucho más que palabras; son hechos, son acontecimientos, son experiencia vivida, son dolor y sufrimiento, son gozo y esperanza. Cada una por separado y todas en su conjunto son expresión y síntesis de la vida de Jesús, una vida entregada libremente por amor a la humanidad.

A modo de introducción al sermón, quisiera citar un fragmento de Las siete últimas palabras de Cristo, obra que S. Roberto Belarmino escribió preparándose para bien morir y a la que recurriré a menudo para ilustrar mi comentario a las “siete palabras”. Dice el jesuita: “Empezaremos por tanto explicando las primeras tres palabras que fueron dichas por Cristo a la hora sexta, antes que el sol fuera oscurecido y las tinieblas cubrieran la tierra. Consideraremos luego este eclipse del sol, y finalmente llegaremos a la explicación de todas las demás palabras de Nuestro Señor, que fueron dichas alrededor de la hora nona (Mt 27), cuando la oscuridad estaba desapareciendo y la Muerte de Cristo estaba a la mano”.

PRIMERA PALABRA

Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos con él. Cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», los crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a su derecha y otro a su izquierda. Y Jesús dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,32-34).

La primera palabra pronunciada por Jesús nos deja atónitos. No encaja en nuestros esquemas, es más, se rebela contra ellos y los hace saltar por los aires. Estamos ante un inocente que, en el momento de la ejecución, en lugar de pensar en sí mismo piensa en sus verdugos; en lugar de suplicar por su vida, intercede por la de aquellos que se la han arrebatado con violencia y sin razón. Del mismo modo reaccionó el siervo sufriente de Isaías ante los que perpetraron su muerte: cargó con su pecado e intercedió por ellos (cf. Is 53,12). El siervo es mediador de reconciliación, pues a través de su sacrificio se asume la responsabilidad de los delitos ajenos y traspasa a los demás su justicia. Sus llagas y cicatrices no reclaman venganza sino que se transforman en anuncio de paz y perdón.


He aquí la palabra clave, “perdón”. Jesús se dirige al Padre (nótese que no le llama Dios o Señor) y le pide que perdone a aquellos que han actuado como sus enemigos. Muchos se han preguntado, ¿a quién se refiere Jesús cuando dice “perdónalos”? En primer lugar, parece que se refiere a aquellos que realmente le clavaron en la cruz y jugaron a la suerte sus vestiduras. Jesús no solo intercede por ellos sino que incluso les disculpa: estaban matando a un inocente, pero no sabían lo que hacían; se limitaban a cumplir órdenes, sin pensar en la atrocidad que estaban cometiendo y dando rienda suelta a sus impulsos más primarios. Ahora bien, la súplica de Jesús también puede extenderse a todos los que, de una manera u otra, directa o indirectamente, participaron y, todavía hoy, participan en su pasión con la indiferencia, el desprecio, la negación, el ultraje y, en el peor de los casos, la persecución.

En el madero de la cruz Jesús impartió su lección magistral sobre el perdón de las ofensas y el amor a los enemigos. Muchos siguieron su ejemplo, como Esteban, el primer mártir cristiano que muere perdonando tal como lo hiciera su maestro: “Señor, no les tomes en cuenta este pecado” (Hch 7,60). Concluye S. Roberto Belarmino: “En fin, la perfecta e invencible caridad de Cristo que ha sido propagada en los corazones de mártires y confesores, ha combatido tan tercamente los ataques de perseguidores, visibles e invisibles, que puede decirse con verdad incluso hasta el fin del mundo, que un mar de sufrimiento no podrá extinguir la llama de la caridad”.

Señor Jesús, gracias porque nos has enseñado a perdonar las ofensas, a restablecer alianzas, a eliminar de nuestro vocabulario la categoría “enemigo” y, en definitiva, a cultivar el amor.

SEGUNDA PALABRA

Uno de los malhechores crucificados lo escarnecía diciendo: “¿No eres el Mesías? Sálvate a ti y a nosotros”. Pero el otro le increpó: “¿Ni siquiera tú, sufriendo la misma pena, tienes temor de Dios? Y la nuestra es justa, nos dan nuestro merecido; en cambio, éste no ha hecho nada malo”. Y añadió: “Jesús, acuérdate de cuando vuelvas como rey”. Jesús le respondió: “Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,39- 43).

La escena, insólita, describe el colmo de la humillación para Jesús. Tres hombres colgados en sendas cruces, cada uno en la suya, a punto de dejar este mundo, la familia, los afectos, la tierra que los vio nacer… a punto de entrar en otra dimensión donde lo que se deja no se pierde sino que se transforma. Sujetos a un madero, tambaleándose entre la vida y la muerte, entre la tierra y el cielo, sacan las últimas fuerzas y se dirigen la palabra. Dos son descritos como malhechores, mientras el tercero, Jesús de Nazaret, es presentado como el Mesías, el rey que ha de venir al mundo para traer la salvación. Dos son culpables y uno inocente. Los culpables son muy distintos: uno, obcecado e irónico, solo piensa en sí mismo; el otro es consciente de la injusticia que clama al cielo. El primero dispara flechas envenenadas con su boca, el segundo reconoce su culpa y suplica el perdón. Su petición no es desgarradora ni desesperada. Al contrario, rezuma paz y una confianza total, se diría casi infantil. En realidad, su petición no es una petición sino una confesión de fe en Jesús, el Mesías salvador.

Jesús responde inmediatamente. No hay tiempo que perder. Están a punto de cruzar el umbral y cada segundo es decisivo. La respuesta de Jesús demuestra que la confianza del buen ladrón era fundada: ya puede morir en paz, porque desde ese


instante forma parte del reino que no es de este mundo, forma parte de la nueva familia inaugurada por Jesús. Es una familia especial, pues sus miembros no están unidos por los vínculos de parentesco sino por la fe. El buen ladrón ha sido el último discípulo que ha conocido a Jesús en esta tierra y el primero en acompañarle al paraíso. El crucificado no ha dudado en ningún momento. Viendo la fe del penitente, ha abierto de par en par las puertas de la misericordia, para que pudiera gozar de la felicidad eterna. Paradójicamente, el desafío del primer malhechor se ha cumplido, pero no en el modo que él esperaba.

La segunda palabra de Jesús demuestra la eficacia de su sacrificio: su cruz transforma el mundo, los pecadores se convierten y entran en el paraíso. Con el buen ladrón, cada uno de nosotros es invitado a contemplar los sufrimientos de Jesús y a hacer un examen de consciencia, sin nunca desesperar porque, en palabras de S. Roberto Belarmino, “el ladrón que entró en la viña del Señor casi a la hora duodécima recibió su premio con aquellos que habían venido en la primera hora”.

Señor Jesús, gracias porque nos has enseñado que nunca es demasiado tarde para arrepentirse, para reconocer el error, para admitir infidelidades, para empezar de cero olvidando lo malo del pasado. Nunca es demasiado tarde para obtener el don de la fe, para descubrir lo que nunca antes habíamos visto con nuestros ojos.

TERCERA PALABRA

Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a su madre y al lado al discípulo preferido, dijo Jesús: “Mujer, ese es tu hijo”. Y luego dijo al discípulo: “Esa es tu madre”. Desde entonces el discípulo la tuvo en su casa (Jn 19,25-27).

Entran en escena las mujeres, mujeres valientes que, a pesar de las circunstancias adversas, nunca han abandonado a Jesús; mujeres que le han seguido desde Galilea, que han escuchado sus palabras y visto sus milagros; mujeres que se han sentido aceptadas y reconocidas, que han sido perdonadas, curadas y por encima de todo amadas; mujeres de todo tipo y condición: pobres, ricas, judías, extranjeras, sanas, enfermas, marginadas. Y aunque el evangelista solo mencione a algunas, estoy segura que todas estaban allí, de una manera u otra, más cerca o más lejos (poco importa la distancia!), junto a la cruz. Nada podían hacer, nada podían decir, nada podían cambiar, pero estaban allí, contemplando amando, sufriendo, callando. Como tantas mujeres en nuestros días que de tanto sufrir y callar se han acostumbrado a los golpes, al dolor y al silencio. Sin duda, la que más sufría era María, su madre, como tantas madres en nuestros días que darían la vida por no ver sufrir a sus hijos e hijas. Comenta S. Roberto Belarmino: “El amor es la medida del dolor, y puesto que esta Madre Virgen amó mucho, por tanto era ella afligida más allá de toda medida al contemplar a su Hijo tan cruelmente torturado”. Desde lo alto de la cruz Jesús distingue a su madre dolorosa junto al discípulo amado y les dirige unas palabras enigmáticas, cuyo significado trasciende lo que a simple vista parecen decir.

Sorprende que el evangelista no mencione sus nombres y que Jesús de nuevo llame a su madre “mujer”, como en las bodas de Caná. El encargo confiado al discípulo tampoco está claro. ¿Se trata simplemente de darle un techo a la madre de Jesús, una viuda que se había quedado sola desde hacía tiempo, o hay que sobreentender algo más? El carácter anónimo de los dos personajes a los pies de la cruz (mujer, madre, hijo) indica que el autor se interesa por ellos no en cuanto personas individuales sino en cuanto a la función que realizan. En otras palabras, desde la óptica del evangelista


la madre de Jesús y el discípulo amado se convierten en esta escena en paradigma, modelo, tipo de una categoría. María, sin dejar de ser la madre de Jesús, simboliza la Iglesia que es nuestra madre y Juan, sin dejar de ser el discípulo preferido de Jesús, representa a todos sus discípulos, a todos los que han optado por seguir su camino. Así pues, las palabras de Jesús “ese es tu hijo, esa es tu madre” no expresan simplemente la preocupación de un hijo que está a punto de morir por su madre sino algo mucho más profundo que nos afecta a todos. A partir de este momento, entre María (tu madre) y Juan (tu hijo) nace una nueva relación espiritual, querida e instaurada por Jesús, que permanecerá para siempre.

Señor Jesús, gracias por haber creído en las mujeres, en su fe y fortaleza, en su fidelidad, en su testimonio y en su misión y haber apostado por ellas. Gracias por todo lo que hiciste y sigues haciendo por ellas, y por haber puesto la Iglesia en manos de tu madre.

Si las tres primeras palabras de Jesús en la cruz han puesto de relieve su misericordia para con los demás (sus verdugos, el buen ladrón, su madre y el discípulo amado), las cuatro siguientes reflejan con fuera inaudita su drama interior, su lucha entre la vida y la muerte, entre el rechazo y la aceptación del misterio. Cuatro palabras que dan testimonio del martirio del Hijo de Dios para la salvación de toda la humanidad.

CUARTA PALABRA

Desde el mediodía hasta la media tarde toda aquella tierra estuvo en tinieblas. A media tarde gritó Jesús muy fuerte: “Elí, Elí, lemá sabaktani” (es decir: Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?) (Mt 27,45-46; Mc 15,33-34).

La tierra sumida en la más terrible oscuridad denuncia el fracaso de la humanidad. Muere el Hijo de Dios y el mundo se estremece en las tinieblas. En medio de esa oscuridad, reina el misterio divino. Derrotado, al límite de sus fuerzas físicas y espirituales, Jesús se siente morir por dentro y por fuera, abandonado de su Dios y Padre. En su grito desgarrador resuena la voz del salmista: “Dios mío, por qué me abandonas? No te alcanzan mis clamores ni el rugido de mis palabras” (Sal 22,2). Jesús ha tocado el fondo del abismo, el dolor se le hace insoportable y le embarga la soledad de la muerte. Tiene miedo, mucho miedo. Jesús no deseaba morir. Y con todo, no acusa a nadie, no se queja, no desea ni pide venganza. Solo grita, grita de angustia, grita en su lengua, grita a su Dios, pidiéndole auxilio tal como hizo en Getsemaní, en la hora del espanto y la turbación. El Mesías fracasado agoniza, pero sigue esperando una respuesta, una palabra a la que agarrarse.

Hago mías las palabras de Xabier Pikaza, “Llamando al Padre muere, come un justo derrotado (cf. Sab 2; Sal 22). De esa forma asume el destino universal de los que sufren sobre el mundo y así acaban aplastados, oprimidos, fracasados, sin respuesta. Este ha sido el límite y momento extremo de su entrega. En manos de Dios, en oscuridad y grito grande, despreciado por su pueblo, abandonado de todos sus amigos, se va apagando el Cristo sobre un día convertido en tiniebla. No existe espacio o tiempo de respuesta en este lado de la muerte. Así acaba y culmina la verdad de su encarnación: el Hijo de Dios sólo ha llegado a convertirse en plenamente humano cuando muere”.

Señor Jesús, gracias por habernos enseñado a aceptar los límites, las pruebas, las crisis, los miedos y los fracasos, por habernos enseñado a esperar contra toda esperanza.


QUINTA PALABRA

Después de esto, sabiendo Jesús que todo quedaba terminado, para que se terminara de cumplir la Escritura, dijo: “Tengo sed”. Había allí un jarro de vinagre. Sujetando a una caña de hisopo una esponja empapada en el vinagre, se la acercaron a la boca (Jn 19,28-29).

Detrás de la quinta palabra de Jesús nos parece oír una vez más la voz del salmista que, hundido en la desgracia, eleva su súplica al Altísimo: “Espero compasión y no la hay; consoladores, y no los encuentro. Me echaron veneno en la comida y en mi sed me dieron vinagre” (Sal 69,21-22). La sed fue uno de los muchos tormentos que padeció Jesús durante la pasión. Comenta S. Roberto Belarmino, “Nuestro Señor sufrió desde el comienzo de la crucifixión una sed de lo más dolorosa, y esta sed siguió creciendo, de tal forma que se convirtió en uno de los dolores más intensos que tuvo que soportar en la Cruz”. Jesús sufre una sed abrumadora y “en vez de algo refrescante y aliviante”, sus verdugos le ofrecen “algo que era doloroso y amargo” para de este modo acelerar su muerte (S. Cirilo).

No es la primera vez en el Evangelio que Jesús tiene sed. En una ocasión, habiendo llegado a Sicar y agotado del camino, Jesús se sentó junto al pozo de Jacob. Y al ver a una mujer samaritana que se había acercado a sacar agua, le dijo: “Dame de beber”. Qué duda cabe que Jesús tenía sed de agua fresca, pero su petición no es más que un preámbulo para poder hablar de otra sed y de otra agua, una sed que se puede saciar para siempre y un agua que da vida sin término. Para eso el Padre le envió al mundo, para que suscitara deseos de salvación y ofreciera agua de eternidad. “Quien tenga sed, que se acerque a mí; quien crea en mí, que beba. Como dice la Escritura: De su entraña manarán ríos de agua viva” (Jn 7,38; cf. Is 55,1-3).

“Tengo sed” (dipso, en griego). En este grito di auxilio Jesús hace suya la sed de la humanidad y la sed del universo. Hombres y mujeres sedientos que anhelan una tierra, un hogar donde echar raíces; jóvenes sedientos que anhelan un futuro, una razón, una ilusión para vivir; niños sedientos de amor, de atención y de sonrisas; ancianos sedientos de compañía, de una palabra amable, de una caricia desinteresada. Pueblos, naciones, continentes y la naturaleza entera están sedientos de paz, justicia y equidad.

Señor Jesús, sabemos que nada puede paliar tu sed, porque tu sed verdadera no es la que tu cuerpo padece sino la que tu alma sufre por todos nosotros. Gracias por tu sed y por tu agua viva, la única que nos puede saciar por siempre.

SEXTA PALABRA

Cuando tomó el vinagre, dijo Jesús: “Todo está cumplido”. Y reclinando la cabeza, entregó el espíritu (Jn 19,30).

Acabamos de escuchar a Jesús expresando un deseo; ahora, en cambio, de su boca sale una rotunda afirmación, la última antes de expirar. El que hace unos instantes pedía, es el que ahora da. Pedía agua y ahora entrega su espíritu. En el texto griego hay un solo vocablo (tetelestai), un verbo en forma pasiva que significa realizarse, cumplirse, llegar a ser realidad. Pero, ¿qué es lo que se ha cumplido, lo que se ha realizado, lo que ha llegado a ser realidad? Para S. Agustín, son las antiguas profecías anunciadas por David en los salmos, por Isaías, Jeremías y Zacarías, entre otros; para S. León Magno, es el mayor de lo sacrificios, para S. Juan Crisóstomo, “todo está cumplido” significa que la sujeción de la naturaleza humana de Jesús a la muerte y el poder de los enemigos sobre él llegaron a su fin.


En realidad la sexta palabra de Jesús significa eso y mucho más. En palabras actuales, su misión en este mundo ha llegado a su fin. Nada ha quedado por hacer. Jesús ha llevado a cabo la obra que el Padre le había encomendado: ha predicado el Evangelio, ha hecho curaciones y milagros, ha cargado la cruz a cuestas y ha apurado el cáliz del sufrimiento hasta lo último, nada nuevo le espera ahora sino morir. “Todo está cumplido, porque nada quedó luego más que la muerte, que sucedió inmediatamente, y cumplió el precio de nuestra redención” (S. Roberto Belarmino).

Jesús ha llegado a la meta con la misión cumplida. Pero la historia de salvación no se detiene, sigue avanzando hasta el final de los tiempos. Y en ese preciso momento, cuando Jesús da por concluida su obra, empieza el tiempo del Espíritu, el Paráclito: “Él os lo enseñará todo y os irá recordando todo lo que yo os he dicho” (Jn 14,26).

Y Jesús “entregó el espíritu”, una expresión única que en el sentido de morir no se encuentra en ningún otro texto de la antigüedad, ni en griego ni en latín. El evangelista la ha creado para describir una muerte única en la historia. Ciertamente se puede entender como sinónimo de morir, pero conociendo el estilo y la profundidad teológica del autor, otro significado más elevado se impone. Entregando su último suspiro, es decir su último soplo de vida o espíritu (pneuma en griego), Jesús entrega el Espíritu con mayúscula. Dicho diversamente, el último suspiro de Jesús simboliza el don del Espíritu.

Señor Jesús, gracias por tu fidelidad al Padre y a la misión encomendada, por haberla llevado hasta el final, por no dejarnos solos, por habernos entregado ese don misterioso, dinámico y vitalizador que nos ayuda a entender e interiorizar tu mensaje.

SÉPTIMA PALABRA

Era ya eso de mediodía cuando se oscureció el sol, y toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde. La cortina del santuario se rasgó por medio. Jesús gritó muy fuerte: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46).

“Cristo es un Señor poderoso, escribe S. Roberto Belarmino tanto que mostró su fuerza incluso en su muerte, no sólo al gritar fuertemente con sus últimas fuerzas, sino también al hacer temblar la tierra, quebrando las rocas en pedazos, abriendo tumbas, y rasgando el velo del Templo. Sabemos, […], que todas estas cosas ocurrieron en la muerte de Cristo, y todos y cada uno de estos eventos tiene su significado oculto, en el que es manifestada su Divina sabiduría. Nuestro Señor no podía sino saber que Él iba a morir ya que estaba tan cerca de la muerte, y deseó ser librado de la muerte sólo en el sentido de no ser cautivo de la muerte. En otras palabras, oró por su pronta resurrección, y su oración fue rápidamente concedida, pues se alzó triunfante el tercer día”.

Un duelo universal acompaña la muerte del crucificado. Con ella el tiempo se detiene para dar paso a una nueva era. Ensombrecida de dolor, la tierra se viste de negro, el velo del templo se desgarra prodigiosamente por el centro y lo invisible se hace visible. Mientras el caos y las tinieblas inundan el universo, la cruz sigue en pie. “Suaves son los clavos, y suave la madera, que soporta un peso tan suave y bueno”, canta la Iglesia en la adoración del madero santo. El crucificado está exhausto y su cuerpo va cediendo. Envuelto en un manto de oscuridad, Jesús expira invocando a su Padre, ese Padre al que tanto ama y que le ha mandado al mundo para cumplir una misión que parecía imposible a los ojos de los hombres. “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” evoca la súplica del justo atormentado en el Salmo 31(30),6: “En tus manos pongo mi vida: Señor, el Dios fiel, me librarás”. Es la misma oración


que pronunció S. Esteban, en el momento de su muerte: “Señor Jesús, recibe mi espíritu” (Hech 7,58). Las últimas palabras del mártir son dejar la vida en depósito, no a la tierra, sino a Dios.

Así comenta Ruperto de Deutz la séptima palabra de Jesús: “Entonces el nuevo Adán se durmió, y al dormirse dijo: ‘Padre en tus manos encomiendo mi vida’. Hablando así, estaba seguro de recobrar su depósito, enriquecido por el fruto centuplicado de su obediencia. Y encomendando su espíritu, adquirió para los regenerados el Espíritu Santo”.

Señor Jesús, gracias por tu última palabra, tu último grito antes de caer en los brazos del Padre, que te acoge desangrado pero victorioso y triunfante. Un grito consolador para la humanidad sufriente y perseguida, un grito esperanzador para todos los que queremos seguirte.

El sermón de las siete palabras está llegando a su fin. Si en la primera palabra escuchamos el grito suplicante de Jesús y el silencio incomprensible de Dios, en la última su grito transmite un mensaje alentador a pesar del drama vivido. El trágico destino de Jesús fue un trauma difícil de superar para los discípulos, por eso acudieron a la tradición antigua en busca de una respuesta. En ella encontraron una figura que les infundió un rayo de esperanza y les permitió entender mejor el destino del Maestro.

En los relatos de la pasión de Jesús, se percibe como en filigrana, el rostro del justo sufriente, perseguido injustamente y abocado a la muerte que, al final, encuentra el apoyo del Señor. En el rostro de Jesús contemplamos a José, el hijo menor de Jacob, vendido como esclavo por sus hermanos; contemplamos al justo perseguido de los salmos, acosado por enemigos feroces y sanguinarios que no le dan tregua; contemplamos a Job con sus llagas purulentas sentado entre las cenizas; al profeta Jeremías, hundido en el lodo y abandonado de todos; a Daniel en la fosa de los leones; al justo del libro de la Sabiduría cuya vida intachable tanto incomoda a los impíos que deciden acabar con él… Pero sobre todo, contemplamos al siervo sufriente de Isaías eliminado de la tierra de los vivos con una violencia desmedida. Así dice el Señor: “Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con sus crímenes. Le daré una multitud como parte, y tendrá como despojo una muchedumbre. Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores, él cargó con el pecado de muchos e intercedió por los pecadores” (Is 53,11c-12).

Hoy, viernes santo del año 2017, muere una vez más Jesús de Nazaret, el justo perseguido de las antiguas escrituras, muere en lugar de otros, por otros que se han salvado gracias a su muerte. Que la meditación de estas siete palabras del crucificado no solamente fortalezca nuestra fe sino que sobre todo despierte nuestras consciencias y avive nuestra solidaridad en favor de tantos seres humanos, tantos pueblos y naciones que padecen las consecuencias del odio, la violencia, la guerra, la injusticia, la corrupción, los intereses de los poderosos y los desastres naturales. Los que estamos aquí, en la plaza mayor de Valladolid, somos muy afortunados, porque a la vez que escuchamos los textos de la Escritura, los podemos contemplar escenificados por mano de ilustres artistas en los pasos que hoy nos acompañan y nos seguirán acompañando hasta la Pascua.


Unamos nuestras voces a la del poeta:

me ofreces la vida con tu muerte y esa vida sin Ti yo no la quiero; porque lo que yo espero, y desespero es otra vida en la que pueda verte.

(Del poema A Cristo crucificado de José Bergamín)

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