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Semana Santa de Valladolid
Valladolid Cofrade Semana Santa de Valladolid 2021


               SERMÓN DE LAS SIETE PALABRAS

Valladolid, 2 de abril de 2021

Víctor Herrero de Miguel, OFMCap

Queridos hermanos

Ricardo, cardenal y arzobispo de Valladolid, Luis, obispo auxiliar de Valladolid,
Pepe, párroco de la iglesia de Santiago,
Pablo, presidente de la cofradía de las Siete Palabras, cofrades de ésta y de todas las cofradías de Valladolid, Óscar, alcalde de la ciudad,
autoridades civiles y militares, hermanos menores capuchinos,


queridos todos:

Paz y Bien.

         A las afueras de Jerusalén se está muriendo un hombre que caminó por pueblos levantados junto a un lago,Con la muerte húmeda en la boca, Jesús mira el mundo clavado en una cruz. Todo ante él se va encogiendo, como los barcos que se alejan en el mar y desaparecen poco a poco hasta no existir. Todo, en realidad, permanece quieto (los rostros de quienes le miran, las nubes, los insectos, los muros de la ciudad) y es él quien se mueve, quien se zambulle entero en el mar salado de la muerte.

subió montañas, captó la bondad salvaje de los lirios y el magisterio indómito de las aves. En una cantera abandonada, donde otros han muerto y otros morirán, Jesús de Nazaret se precipita en el abismo de la muerte.

 La muerte de Jesús es real, igual que lo será mi muerte, tan real como la que en este mismo instante acontece no sabemos dónde ni a quién. Puede ser a pocos metros de aquí, en una habitación de una casa de la calle López Gómez, donde Teresa cierra los ojos de su padre, o puede ser en los brazos de un médico canario que no es capaz de salvar la vida de Ayana, una niña de tres años a la que una tormenta lanzó desde su patera al mar. La de Jesús, como la mía, como será la de ustedes, es una muerte voraz como un incendio y helada como un glaciar.

Seis veces en poco tiempo han pronunciado mis labios el término muerte, siete veces incluyendo esta última. No lo volveré a repetir, porque lo que hoy nos convoca es la palabra, siete palabras que brotan de la vida y que convierten la cruz en un barco que nos acoge y nos indica cómo y hacia dónde ir.

Son siete palabras que no se lleva el viento, que el viento cobija y quedan convertidas en soplo, en brisa, en huracán. Se inscriben en el manuscrito del aire, en el incunable del cielo abierto y podemos, de este modo, subirnos sobre ellas y volar.

En cada una de las siete palabras encontramos un acto de lenguaje y, como el lenguaje es vida y Jesús es un amante, lo que de verdad hallamos en ellas son siete actos de amor. Es importante escucharlas con el corazón, sintiéndonos no quienes las contemplan con la inmunidad que otorga el correr del tiempo sino sabiendo que somos nosotros sus destinatarios directos. Que Jesús, cuando desde la cruz las pronuncia, piensa en mí y en cada uno de ustedes.

Les invito, en el mediodía de este Viernes Santo, a que se dejen amar por las siete palabras de Jesús.

PRIMERA PALABRA

Del Evangelio según San Lucas: Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos con él. Y cuando llegaron al lugar llamado La Calavera, lo crucificaron allí a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Lc 23,32-34).

El primer acto de amor de Jesús, en la primera palabra, consiste en perdonar, que se realiza, lo acabamos de escuchar, poniendo la vida humana en las manos de Dios y confiando en que ellas nos desencadenen de nuestras propias acciones. Es muy hermosa la antigua relación que existe entre las manos abiertas, el pasado y el perdón. La descubrimos si buceamos en el griego, que es la lengua en que se pusieron por escrito las palabras de Jesús.

El verbo que encontramos aquí es afiēmi, que significa ––en efecto–– perdonar y que, en su origen, en ese tiempo de hace siglos en que las palabras eran niñas que iban a la escuela, remitía a un gesto puro y cotidiano, el de quien, abriendo su mano hasta entonces cerrada, deja caer algo que retenía en ella: un objeto precioso, la llave de una puerta o la semilla que, abrazando la tierra, inicia la aventura de convertirse en pan.

Cuando pasan los años y la palabra crece, a este sentido primario le sobreviene otro más elaborado, el de la cancelación de una deuda, en cuya articulación podemos todavía detectar las líneas a carboncillo de aquellos primeros trazos, pues decirle a alguien «no tienes que darme lo que me debes» es lo mismo que abrir la mano y permitir que el deudor escape de la jaula de su deuda.

El tercer y último estadio, el escalón más alto es éste, desde donde Jesús ahora nos enseña que perdonar consiste en abrir la mano y dejar caer cuanto hay en ella: el daño que nos han causado, la tristeza, el asesinato de sí mismo que perpetra quien aviva las brasas del rencor.

Imaginarnos a Dios encerrado en la prisión de su odio o creer en un Dios acreedor es algo increíble y absurdo. No es esta, desde luego, la imagen de Dios que nos brinda Jesús. Él le pide al Padre que abra su mano y perdone, porque el ser humano «no sabe lo que hace».

De las muchas reducciones que la humanidad ha ido haciendo de sí misma, la de ahora ––que no es de ahora, que es antigua y recurrente–– es una de las más perversas. Me refiero a la reducción del conocimiento humano,

 

y del ser humano, a la técnica. Es perversa porque transforma algo positivo e imprescindible en un absoluto, hace de un satélite un obstáculo que eclipsa el sol y nos impide recibir todos los matices de su luz, sobre todo los más tenues.

Pensar que sabemos siempre lo que hacemos o que somos solamente lo que sabemos o hacemos es construir un falso techo en la mansión de la intemperie, que es nuestro hogar, nuestra casa precaria y preciosa, hecha de barro (aunque a veces la vistamos de mármol) y de aire (aunque en ocasiones respiremos veneno).

Cuando Jesús le pide a Dios que perdone a quienes le han crucificado, ¿qué le está pidiendo y qué tiene que ver esto con nosotros? Le pide, así lo entiendo yo, que nos conceda el don de ser nosotros mismos, que nos inspire el arte de abrir las manos y transformar en cobijo lo que antes era cárcel, que nos permita ir más allá.

Y es que, por fortuna, somos mucho más de lo que hacemos y somos más de lo que creemos saber. Decía Píndaro, el poeta griego, que somos el sueño de una sombra, pero Jesús nos enseña que somos la posibilidad de transformar el sueño en realidad. Es tanta la fuerza de nuestra fragilidad que si juntásemos todas nuestras vulnerabilidades obtendríamos un polígono perfecto sobre el cual podríamos trazar un plano nuevo para el mundo.

Del perdón del Crucificado obtenemos el don de ser libres. Es una metamorfosis que sucede en silencio, igual que se convierte el gusano en mariposa, igual que el agua se transforma en gas.

SEGUNDA PALABRA

Del Evangelio según San Lucas: Uno de los malhechores crucificado lo insultaba diciendo: ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros. Pero el otro le increpaba: ¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada. Y decía: Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino. Jesús le respondió: En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso (Lc 23,39-43).

Si el primer acto de amor, en la primera palabra, es el perdón, el segundo, en la segunda palabra, es la promesa. Perdonar nos libera del pasado y prometer hace del futuro un lienzo en el que lo imposible podrá ser.

Hay un poema de Borges titulado Otro poema de los dones en cuyo interior late una línea que siempre me acompaña y en la que el poeta agradece la existencia de «las palabras que en un crepúsculo se dijeron de una cruz a otra cruz». Son estas: la petición de aquel hombre (acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino) y la respuesta de Jesús (en verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso).

La belleza de esta promesa crepuscular radica en el acto transformador de la realidad que a través de ella ejecuta Cristo, pues pronunciando el adverbio «hoy» convierte un instrumento de ejecución, la cruz, en un jardín, que es lo que significa el término persa «paraíso».

Lo que este idioma, a través de esta palabra, expresa es la creencia en que, atravesado el desierto de la nada que se abre al final de la vida, existe un lugar al que sólo los reyes y los nobles tendrán acceso para toda la eternidad. Se trata de un vergel de continua primavera en cuyo centro hay una fuente de la que brotan cuatro ríos que vierten sus aguas en las cuatro direcciones y donde las flores y los frutos surgen de la generosidad celeste. Aunque muy elaborada, esta es la imagen del Edén que encontramos en el libro del Génesis y, más elaborada aún, coincide con la representación de la otra vida que el pueblo hebreo va gestando con el transcurso del tiempo: un más allá perfecto, que se identifica con el Edén original perfecto, reservado a los perfectos.

Emanada de los labios de Jesús y llegando a los oídos de este otro crucificado, la palabra «paraíso» no puede ser más maravillosamente imperfecta. Qué bien lo supo decir don Francisco de Quevedo:

«Oh vista de ladrón bien desvelado, pues estando en castigo tan severo

 

vio reino en el suplicio y el madero y rey en cuerpo herido y justiciado».

Este es el arranque de un soneto que Quevedo dedica al buen ladrón. Todo comienza con un acto de los ojos: ver un reino en el suplicio y el madero y un rey en cuerpo herido y justiciado. ¿Qué pensarían los antiguos persas oyendo esto, o qué pensaría Tiberio, que era el rey del mundo mientras Jesús pendía de la cruz? ¿Y qué pensarán de Jesús quienes, en las multinacionales, en los despachos del poder o en los reinos digitales, reinan ahora? No lo pueden entender porque, para descubrir que Jesús es rey, hay que estar crucificado.

Cuando Jesús ve lo que este hombre ha visto en él, realiza la mayor transformación de la esperanza humana, pues convierte ––en el atanor de sus labios–– un momento indeterminado (cuando entres en tu Reino) en un hoy y conduce un deseo (acuérdate de mí) hacia una presencia (estarás conmigo).

El paraíso, en esto consiste la promesa de Jesús, no es un premio como el que dan los bancos a sus inversores más fieles, sino un acto gratuito de amor; no es un jardín como Versalles, sino la compañía de quien pasó su vida acompañando a los más tristes, a los más solos, a los que (aunque tengan manchas en la ropa, en el pasado o en la piel) tienen limpio el corazón y pueden, como el buen ladrón, descubrir en el pecho del Crucificado los latidos de Dios.

TERCERA PALABRA

Del Evangelio según San Juan: Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo al que amaba, dijo a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego, dijo al discípulo: Ahí tienes a tu madre. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa (Jn 19,25-27).

El lugar en que acontece la vida es la intemperie. Y no ahora, en este ya larguísimo año en el que un virus ha ido demoliendo los cimientos de nuestra forma de vivir, que parecían de acero y eran de paja. La intemperie, desde siempre, es nuestro espacio, el lugar donde la gran historia humana y las minúsculas e imprescindibles historias de cada uno de nosotros se despliegan. La intemperie es el templo en el que todo es altar y en cuyo interior nada hay que no sea sagrado.

Así lo comprendió san Francisco, el Poverello de Asís, que vivió admirando las tres intemperies de Cristo: su nacimiento pobre en Belén, su estilo de vida itinerante y pobre en Galilea y su final, desnudo y pobre, en una cruz a las afueras de Jerusalén.

La tercera palabra de Jesús transforma la intemperie de la cruz en un regazo, sitúa a un hombre al amparo de una mujer y a una mujer al amparo de un hombre y los convierte en hijo y en madre. Se trata del vínculo del amor como un acto del lenguaje y de la palabra que enlaza las vidas como un acto profundo de amor.

Si la nuestra es una condición precaria, lo es también preciosa: vivir es encontrarse, la vida es vínculo y amparo, y lo más humano de lo humano es lo que sucede a los pies de la cruz: un hilo herido de amor que nos sutura.

Soy franciscano, ya lo ven ustedes por el hábito que visto, y como tal no puedo dejar de pronunciar ahora la más franciscana de las palabras que alberga el diccionario, la más cristiana, la más humana: fraternidad. Cuando Jesús hace que su discípulo Juan se convierta en hijo de su propia madre, nos está convirtiendo a todos en hermanos, pues nos introduce en el vientre del que él mismo salió ––esa gruta de carne en donde fue gestado––, el de María, aquella muchacha de Nazaret que fue visitada por un ángel. ¡Ah, el ángel: qué sería de nosotros sin su imprevisto descenso en vertical!

La fraternidad ––déjenme decirlo acariciando casi cada sílaba–– no es un ideal político ni una conquista cultural, sino una realidad que nos viene dada, como el color de nuestros ojos, la familia en la que nacemos o la

lengua que hablamos desde la cuna. Yo, sin haberlo buscado y sin haber adquirido ningún mérito para ello, soy hermano de todos ustedes. Se trata de una verdad tan dura como un diamante y tan frágil como el pétalo de una flor.

Precisamente por eso, porque en la intemperie nos hermanan el frío, la noche y el dolor, lo contrario de la fraternidad, su antónimo perfecto, es la indiferencia, que consiste en permanecer del todo inmóvil y ajeno ante el frío del hermano, ante los riesgos que le amenazan en la noche y ante su dolor. La indiferencia es la esclerosis del alma, el alma es el sagrario que guarda dentro de nosotros a Dios, y Dios ha elegido encarnarse en la intemperie, por lo que ser indiferente a un ser humano ––a la vida de un hermano, de una hermana–– es ser indiferente a Dios.

En el suplicio de la cruz, enésima obra de la ingeniería humana para instalar el infierno en la tierra, la tercera palabra de Jesús es útero y placenta, de ella nace el cordón umbilical que nos liga a Dios enlazando nuestras vidas, la aventura hermosa y siempre amenazada de la fraternidad.

CUARTA PALABRA

Del Evangelio según San Mateo: Desde la hora sexta hasta la hora nona vinieron tinieblas sobre toda la tierra. A la hora nona, Jesús gritó con voz potente: Elí, Elí, lamá sabaktaní. (Es decir: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?). Al oírlo algunos de los que estaban allí dijeron: Está llamando a Elías. Enseguida uno de ellos fue corriendo, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber. Los demás decían: Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo (Mt 27 45- 49).

Hace veinte años, cuando yo tenía veinte años, pasé nueve meses viviendo en un pueblo de la Gran Sabana de Venezuela que se llama Wonkén. Fue el tiempo más duro y más hermoso de mi vida. Existía allí una granja escuela a la que acudían los niños de muchos poblados de la zona y en la que yo, aunque trabajaba como profesor, fui también alumno. De aquellas gentes aprendí más que de muchos catedráticos. Un día de abril, en plena época de lluvias, sucedió algo.

Acabadas las clases, y bajo una imponente tormenta que hacía casi estallar la selva en la que estábamos, cogí ––no recuerdo ya con qué propósito–– el todoterreno que teníamos en la misión y fui conduciendo hacia el pueblo, distante un par de kilómetros. A medio camino distinguí, apostadas en un margen de la vía de tierra, la presencia de algunas personas y reduje la velocidad para acercarme y ofrecerles que se montaran en el coche. Eran dos mujeres y dos niños. Cuando estaba ya a poco más de un par de metros, un rayo cayó del cielo y atravesó el torso de uno de los niños, el más pequeño, que cayó desplomado al suelo. Lo que aconteció después lo conservo en algún lugar de la memoria en donde yo mismo construí un muro que no me deja entrar. El niño se llamaba Carlos José y unas horas antes de caer fulminado por el rayo estuvo conmigo en clase.

Días después de aquello, una noche que no podía dormir, escribí en un trozo de papel una frase que guardé en mi Nuevo Testamento en griego, y que allí sigue guardada, y que dice así: ¿Por qué, Dios mío, sucede esto sin porqué? Créanme que hoy, en esta mañana también de abril, cuando escucho a Jesús preguntarle a Dios el porqué de su soledad, veo de nuevo el rostro de Carlos José y las manos de su madre, Gabriela, introduciéndose en el cuerpo de su hijo, abierto por el rayo.

La cuarta palabra del Crucificado y su cuarto acto de amor consisten en la pregunta que no tiene respuesta, porque cualquier intento humano de ofrecer una respuesta a una pregunta lanzada a Dios es, al mismo tiempo, una usurpación y una blasfemia.

Me introduzco en las palabras de Jesús como lo hace un espeleólogo en la profundidad de una caverna, y siento que su dolor es, al mismo tiempo, la penumbra que exploro y la única luz. «¿Por qué me has abandonado?». Cuando escuchamos en hebreo (la lengua en la que está escrito el salmo 22) y en griego (el idioma del evangelio de Mateo) estas palabras de Jesús, sentimos la presencia en ellas de una multitud de suplicantes que atraviesan las galaxias subterráneas de tinta y de dolor. Escuchamos la sangre de Abel caer sobre la tierra, el llanto de Raquel, la súplica de Antígona, y nos encontramos con Job, el funambulista del lenguaje, el que le dice a Dios lo que nadie ha dicho y nos enseña que la pregunta que nace del dolor es una basílica recién consagrada en la que sólo se puede caminar descalzo.

Si mezclamos las dos lenguas ––el hebreo y el griego–– y, en un ejercicio de lectura tan turbio como el dolor, nos sumergimos en los diferentes sentidos que tiene cada una de estas palabras de Jesús, nos encontramos frente a la posibilidad de otra pregunta, que suena de este modo: «Dios mío, Dios mío, ¿hacia dónde me sueltas?». De lo anterior ––la soledad, el silencio, el frío–– nada desaparece, nada tan siquiera se atenúa, pero a lo anterior –– el frío, el silencio, la soledad–– se añade ahora algo: la presencia temblorosa de una luz, los primeros pasos de un camino.

QUINTA PALABRA

Del Evangelio según San Juan: Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliese la Escritura, dijo: Tengo sed. Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca (Jn 19,28-29).

La quinta palabra es la más breve de todas y, quizás, la que más dice. En griego suena así: dipsō. Son apenas cuatro letras, dos sílabas que nos encaran con el infinito. La sed de Jesús es un acto de amor que consiste en la expresión de su deseo. Hemos de mirarlo todo despacio, como mira un médico atento una radiografía, o un niño ––en un amanecer de Enero–– el envoltorio de un regalo, y veremos cómo tras la sed de Jesús, tras el grito sordo de un sediento, hallamos la hendidura de la roca en donde nace un manantial.

En ese poema que Francisco fue componiendo durante toda su vida y pidió que quedara escrito al final de la misma, que se llama Cántico de las criaturas y que los franciscanos cantamos tantas veces, hay unos versos que suenan así: «Laudato si’, mi Signore, per sor Acqua, / la quale è multo utile et humile et pretiosa et casta». Toda la delicadeza del corazón de Francisco queda contenida en estos cuatro adjetivos con que abriga la desnudez del agua: útil, humilde, preciosa y casta. Nadie ha sabido decir, con menos, más de lo que aquí nos dice él.

El agua es útil porque riega campos, quita manchas y aplaca la sed, pero lo es también porque nos podemos relacionar con ella con agradecimiento y alegría. Eso significa el verbo latino del que nace la palabra, el verbo utor. El agua es humilde porque la mayor parte del caudal de agua dulce del mundo en estado líquido se encuentra bajo el humus, en las entrañas de la tierra, y desde ahí sube al cielo y desciende a nuestras gargantas. El agua es preciosa porque no tiene precio, porque es sagrada y sobre su superficie pueden el ser humano y las demás criaturas ver espejados sus rostros, descubrir su aspecto verdadero, celebrar el don de existir gracias a la gratuita transparencia del agua.

El agua, por último, es casta. ¿Qué vio Francisco en ella para reconocer esta virtud? Francisco, creo que esta es la respuesta, se hizo amante del agua porque se enamoró de su manera de amar. En su relación con las distintas manifestaciones del agua –– los mares, los lagos y los ríos, las pozas formadas por el deshielo, los charcos efímeros, la lluvia sobre las hojas de los árboles, la forma redonda del granizo, el sabor salado de las lágrimas––, Francisco descubrió un modelo de amor basado en la generación de vida, en la  donación secreta y en el desprendimiento.

Dice Gabriela Mistral que Dios es amor sin orillas, y esto es lo que Francisco de Asís reconoce en el agua: una analogía con el mismo Dios. Por eso, podemos decir que la sed de Jesús es franciscana, pues lo que está tras ella, lo que el Crucificado expresa cuando pide agua, es su deseo de Dios.

¡Qué maravilla es sumergirse en el objeto del deseo de Jesús! Pocas horas antes de ser clavado en el madero, Jesús se sienta con los suyos a cenar. Es la fiesta de la Pascua. El evangelista Lucas, que conoce muy bien el griego, nos transmite lo que Jesús les dice a sus discípulos: «He tenido gran deseo de comer este cordero con vosotros antes de mi pasión». En el texto original hay varias sorpresas. Una, el verbo elegido (epithyméo) cuyo significado primario es el de volcar completamente el corazón en algo. La segunda sorpresa es la construcción enfática que Jesús emplea (epithemía epethýmesa), en la que aparecen ligados un sustantivo y un verbo de la misma raíz (con deseo he deseado) y que expresa, en este caso, el tamaño del anhelo, casi la ansiedad.

¿Y qué es lo que Jesús desea con tanto deseo? Basta continuar leyendo el texto de Lucas y encontramos la respuesta. La ofrece el propio Jesús:

«Los reyes de las naciones las dominan y los que imponen su autoridad llevan el título de bienhechores. Vosotros no seáis así; al contrario, el mayor entre vosotros sea como el menor y el que manda como el que sirve».

Aquí está, este es el mayor deseo de Jesús: la minoridad. O, dicho mediante una imagen, Jesús desea que entre los suyos exista un tipo de relación semejante al amor del agua, es decir: gratuito, generoso y universal.

Cuando, en la quinta palabra en la cruz, Jesús pide agua, ¿no está desde el lugar de la entrega anhelando una humanidad sin dominios, sin abusos, una humanidad pacífica, dulce y mansa?

Por si no queda claro, por si continuamos errando y seguimos deformando a Dios imaginándolo como un poder, es Jesús también quien lo aclara:

«Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía».

Estas son las palabras que el Crucificado pronunció horas antes de gritar su sed, cuando ––sentado con los suyos–– tomó un pan, lo partió, dio gracias, se lo dio y les dijo (y nos dice a todos) que el deseo de Dios se sacia cuando nos transformamos en pan y nos partimos y nos repartimos, cuando convertimos la necesidad ––que consiste en comer–– en la fiesta de comer juntos, que en eso consiste la eucaristía.

SEXTA PALABRA

Del Evangelio según San Juan: Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: Todo está cumplido. E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu (Jn 19,30).

Jesús, en su sexta palabra, habla como un notario desde la cruz: todo está cumplido. Da fe, certifica la verdad de algo. Esta sexta palabra sostiene su sexto acto de amor, que consiste ––ahora lo veremos–– en llevar a plenitud lo más humano de lo humano.

¿En qué se fundamenta la condición humana? ¿Existe algo parecido a una esencia, un núcleo irreductible y único en donde podamos cifrar la condición humana de Teresa, de Mercedes, de Pedro, de Víctor, de cualquiera de nosotros?

Responder a esta pregunta afirmativamente implica una enorme responsabilidad pues en el momento en que digamos «la esencia de la condición humana está en la inteligencia o en la belleza o en la productividad», estaremos generando la posibilidad de que los no inteligentes, los que no nos parecen bellos o los que nada producen sean expulsados del país de los humanos y se les trate como a bestias. La esencia de la condición humana, ese ingrediente que está en la masa de todas nuestras vidas, ha de encontrarse en otro lado, está de hecho en otro lado, lo tenemos aquí, en este hombre en la cruz.

Cuando Jesús dice «todo está cumplido» nos está desvelando que la esencia de la condición humana reside en la herida. El que lo dice ha llegado hasta la cruz dejándose herir por las vidas de todos los que ha encontrado en Nazaret, en Cafarnaúm, en el desierto de Judea, en Betania y en las calles de Jerusalén. A Jesús todo le tatúa, todo se convierte en estigma que le marca la piel.

Cuando Jesús dice «todo está cumplido» hace de su voz un hisopo con el que bendice la intemperie, puesto que desde la intemperie habla, desde el Gólgota, que es ese lugar de Jerusalén hacia el que todos caminamos, sin saber dónde lo hallaremos, en La Habana, en Roma o en Valladolid.

«Todo está cumplido», en los labios del Crucificado, significa que se ha convertido en fruto todo lo que fue semilla: que el silencio se ha convertido en oración, la oración en fe, la fe en amor, el amor en servicio y el servicio en paz.

Paz. Si la escuchamos en arameo, la lengua materna de Jesús, la sexta palabra suena así: «Isho ‘emar hā mshallam», que podríamos traducir de este modo: «Jesús dijo: ya en paz». La raíz SH–L–M, de donde viene esta palabra de Jesús: mshallam, es común a todas las lenguas semíticas (acadio, ugarítico, fenicio, hebreo, arameo, siríaco, árabe) y el significado básico que expresa es el de totalidad, de donde nace la idea de la paz, que se entiende como estar entero, unificado, sin negar las partes que se pueden distinguir en un todo y que permiten, por eso, la entrega absoluta a los demás.

Intemperie total, herida infinita, entrega, paz. Todo esto resuena cuando Jesús dice «todo está cumplido», todo esto se convierte en brújula que apunta hacia la condición humana. Hay un verso de un poeta argentino, Hugo Mujica, que ––mirando al Crucificado––, llevo días dando vueltas y que dice así: «Desnudo, todo el cuerpo es rostro». En la desnudez crucificada de Jesús está el rostro de Dios, de tal manera que para hablar con Dios podemos llamarle el Desnudo o el Herido. Y en nuestro Dios desnudo podemos ver el rostro de todos los heridos, que somos todos, pues el vultus (el rostro) es la transparencia del vulnus (de la herida).

Permítanme que, en poco más de un minuto, ensaye una breve teología de la plenitud que consiste, muy a grandes líneas, en hacer de la herida ––de nuestra capacidad de ser marcados por todo lo que existe y, en especial, por el amor y el dolor del otro–– el órgano para percibir a Dios. En una teología así, el ser humano es visto como aquel que lleva su vocación a cumplimiento cuando orienta la vida ––es decir, la herida infinita–– hacia un tú concreto, cuando Ana ––renunciando a la tentación de la omnipotencia–– ama a Pedro y cuando Elena hace de su fragilidad una pequeña cubierta para que se cobije Luis.

En esta teología vulnerable y desnuda, la sexta palabra de Jesús ––«todo está cumplido»–– es como el sexto día de la creación que encontramos en el Génesis, cuando Dios, tras hacer el mundo, dice que «todo es muy bueno». Ambos momentos, las palabras de Dios y la sexta palabra de Jesús, están en relación, pues lo que Jesús sanciona es la veracidad de un mundo muy bueno o, mejor dicho, la capacidad humana de vivir muy bien una vida muy buena, o sea, muy plena, muy herida.

Sólo en la sexta palabra de Jesús comprendemos el alcance de esas palabras del Prólogo de Juan que nos dicen que Dios, hecho carne, habita entre nosotros. Comprendemos, mirando al Crucificado y escuchándole hablar, que sí, que es cierto, que Dios, hecho herida, habita entre nosotros y hace que el viaje de la palabra hacia la carne se autentifique, en los labios de Jesús, mediante la conversión de la carne herida en palabra de amor.

SÉPTIMA PALABRA

Del Evangelio según San Lucas: Era ya como la hora sexta, y vinieron las tinieblas sobre toda la tierra, hasta la hora nona, porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y dicho esto expiró (Lc 23 44-46).

El último acto de amor que Jesús realiza asume todos los anteriores, se nutre de ellos y los colma. En su séptima palabra, el hijo de María convierte su voz en vida que se entrega.

Hay, en las palabras que acabamos de oír, dos realidades que entran en contacto: las manos de Dios y el espíritu de Jesús. Son dos realidades invisibles que sólo pueden ser vistas con los ojos de la poesía o con las pupilas del amor. Eso es la fe, precisamente, lo que la poesía y el amor velan y revelan, y no un complejo entramado de abstracciones.

Empecemos por el pneuma, la ruah, el spiritus. Resulta delicioso abismarse en el universo de esta palabra y comprobar la armonía que existe en la constelación de sus sentidos. Espíritu ––en hebreo, en griego, en latín (que son las lenguas de la cruz)–– quiere decir, en primer lugar, el viento, en sus manifestaciones diferentes: la brisa, la ventolera o el vendaval. De ahí, el término adquiere un sentido mucho más cercano, pues pasa a significar el aire que respiramos, el aliento, el acto físico de la respiración. Hay más detalles, pero dejémoslo ahí.

La maravilla de esta palabra descansa en su capacidad para recordarnos que la vida ––sobre la cual teorizamos, que convertimos en objeto de polémicas–– nos entra por la nariz y por la boca, atraviesa la laringe, pasa por la tráquea y llega a los pulmones, donde están los alveolos rodeados de capilares: allí se produce el intercambio de gases con la sangre que, una vez oxigenada, es distribuida por todo nuestro cuerpo.

Este es el prodigio de la respiración, que realizamos de doce a dieciocho veces por minuto y que, sin darnos cuenta, renueva en nosotros el milagro de vivir. Viendo cómo Pilar, mi madre, permanece muchas horas conectada a una máquina de oxígeno, son muchas las veces que, como una antífona, hago mío por dentro este verso de Raquel Lanseros: «ante el placer de respirar me postro». Tiene razón la poeta española: el aire es una catedral.

Jesús, cuando ha llegado el momento, quiere que alguien guarde su última respiración, su ruah, y la deposita, por eso, en las manos del Padre. La mano de Dios, busquen ustedes la imagen en internet, es el nombre de una escultura de Auguste Rodin en la que vemos cómo las figuras de Adán y Eva van surgiendo de un trozo de barro, sostenido por una mano, que emerge de la masa apenas desbastada de un bloque de mármol. De ella, una vez esculpida, escribió Rodin lo siguiente:

«Todo es bello. El modelado es sólo uno. Dios lo ha hecho para reflejar la luz y retener la sombra. Es la mano de Dios. Sale de la roca, del caos, de las nubes. Tiene el pulgar de un escultor. Sostiene el barro y con esto nos crea».

Lo que más me impresiona es cómo Rodin ha puesto una mano humana, realista, semejante a la mano con la que sostengo esta hoja, para representar la mano de Dios, invisible (para muchos, de hecho, inexistente), mientras que aquello que va creando se mantiene en una buscada imprecisión, como si la realidad fuese justo lo contrario a lo que apunta la evidencia, como si Dios fuera lo único visible y el resto una ficción. Esto es lo que ven ––otra vez se nos muestra–– los ojos de la poesía y las pupilas del amor.

En esta séptima palabra se encuentran lo invisible (las manos de Dios) y lo transparente (el último soplo de aire del Crucificado) y se reencuentran la vida de Jesús y el Escultor del mundo. ¿Qué es lo que Cristo pone en sus manos? ¿Cuál es el contenido de su espíritu?

Cuando Jesús expira, pone en las manos de Dios el pan que partieron sus manos, los amaneceres desde el mar de Galilea, el tesoro escondido, las miradas de los ciegos, el óbolo de la viuda, las espigas arrancadas en sábado, la luz de Agosto en el Tabor, los cabellos de la mujer que le ungió con su ternura, el Padrenuestro, la camilla del paralítico, la medida remecida, las hojas de la higuera, los pies de sus discípulos, la casa de Cafarnaúm, el amor de sus amigos, las negaciones de Pedro, los sueños de José, las setenta veces siete, el regreso del hijo pródigo, el samaritano que se detuvo en el camino, la estrella que guió a los Magos, la tentación de transformar la piedra en pan, las monedas que abandonó Mateo por seguirle, el agua del Jordán, los limpios de corazón, la corona de espinas, el sudario de Lázaro, la cabeza del Bautista, los sepulcros blanqueados, el candil en el candelabro, la subida a Jerusalén, la puerta estrecha, las letras que escribió en la arena, el pozo de Jacob, las preguntas de los fariseos, el camello y la aguja, las migas de la cananea, la invitación a caminar descalzos, la mostaza y la levadura, el signo de Jonás, la tempestad calmada, la copa de su sangre, el pórtico de Salomón, las piedras cayendo de las manos de los viejos, las palabras de Isaías, el vino alegre de Caná, las manos de Pilato, la soledad de sus últimas horas, las lágrimas de María, la sal del mundo, la justicia del Reino y todo lo que por añadidura se nos dará.

Todo esto es lo que Jesús entrega al Padre cuando, en su último aliento, le encomienda su espíritu.

* *

Cuando tenía dieciocho años conocí a un hombre que, en una cena en casa de unos amigos, levantó su copa y comenzó a brindar. No he olvidado sus palabras: «Hay que ser ––nos decía mientras le mirábamos–– tan abiertos como el mar, que acaricia con sus manos todos los rincones de la tierra». El que pronunció aquellas palabras era un fraile franciscano que había nacido en Croacia y al que no he vuelto a ver jamás. Yo, que en aquel entonces ni era fraile ni había pensado tan siquiera en la posibilidad de serlo, debí de contraer en ese momento, de forma latente y silenciosa, esta enfermedad del mar, que no sabe de fronteras, que siente que el mundo entero es un hogar.

Después de dar algunas vueltas por el mundo, vine a Valladolid, que está a poco más de cien kilómetros de Salamanca, donde nací. Pero no llegué aquí en línea recta sino que, como el mar, mis manos acariciaron antes algunos rincones de la tierra. Vine aquí hace siete años y hoy, en este Viernes Santo en que hemos escuchado las Siete Palabras de Jesús, siento que debo expresar mi agradecimiento a esta ciudad. Si es cierto que todo el mundo es nuestra casa, no lo es menos que necesitamos convertir en algo concreto esa posibilidad de hogar, y que aquí, en esta ciudad bañada por el sol y por las nieblas, me he sentido en casa, me han hecho los que aquí me acogieron sentirme dentro de un verdadero hogar.

No tengo con qué corresponder a la generosa amistad de tantos. No sabría, además, cómo hacerlo. Me gustaría que lo que aquí han pronunciado mis labios fuese lo que recordaran de mí, pues lo que aquí he dicho no son ideas, ocurrencias ni descubrimientos míos, sino las palabras de Jesús. ¿Se dan cuenta ustedes de lo que hemos escuchado? ¿Nos damos verdaderamente cuenta del mensaje de la Cruz?

Jesús, el Crucificado, con sus siete últimas palabras realiza siete actos de amor que se cifran en liberarnos de las cadenas del pasado, abrirnos las puertas del futuro, enseñarnos a vincular nuestro presente, acompañarnos desde su intemperie, regalarnos su deseo, herirnos con su herida y enseñarnos que la vida es un don que consiste en darse.

Yo quisiera que estas palabras de Jesús quedasen dentro de nosotros, protegidas en algún lugar de nuestra alma, como sucedía en una ciudad antigua y lejana en la que hacía tanto frío que, cuando las palabras se decían, quedaban congeladas en el aire y hasta que no llegaba el calor del verano, no se descongelaban y no se podían escuchar. Me gustaría que sucediese así con estas siete palabras de Jesús. Que las guardemos dentro y, cuando suceda que alguien nos haga algún daño o cuando hagamos daño nosotros, se descongele la palabra del perdón. Que cuando se inocule en nuestras vidas el virus del miedo, nos vacune la palabra de su promesa y confiemos en que en lo hondo lo bueno siempre podrá ser. Que en medio de la intemperie sintamos que podemos estar solos juntos, como nos dice la palabra del abandono. Que la palabra de su sed, cuando la sed nos mate, sea nuestra bebida. Que la palabra de la herida sea nuestro bálsamo. Que en cada respiración, como Jesús en su palabra última, pongamos nuestras vidas en las manos del Padre, nuestras vidas reales y concretas, que surgen como barro enamorado de las manos de Dios.

Paz y bien a todos