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SERMÓN DE LAS SIETE PALABRAS 2012

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sietepalabras

SERMÓN DE LAS SIETE PALABRAS

Pronunciado por D. José Andrés Cabrerizo Manchado, Canónigo de la S.I.M. Catedral de Valladolid.

 

 

Viernes de la Cruz 2012

           

 

Hace casi cuarenta y cinco años nací en Valladolid, y en mis primeros recuerdos ya está esta plaza, desde la misma acera donde ahora hablo. La Plaza sigue siendo la misma y es, a la vez, diferente. Están el Ayuntamiento y los soportales que en sus más de cuatro siglos han contemplado el devenir de la Ciudad… poco más queda de la Plaza de mi primera infancia: Hay otras banderas en el bello edificio remozado del Consistorio; el edificio del Banco de Santander ha sustituido a los humildes bloques de viviendas y la angosta calleja de San Francisco; los duros adoquines y las bocas del aparcamiento a los frondosos árboles que rodeaban la estatua de Pedro Ansúrez; el almagre de las fachadas y la desaparición de los luminosos comerciales y las viejas armerías…

 

 

Pero si la Plaza ha cambiado físicamente, más lo ha hecho lo que esa cáscara urbana esconde: el alma de la Ciudad, que no es otra que la de las gentes que la forman. Ese alma de la Ciudad que es también el alma de nuestra sociedad. ¡Quizá la hemos perdido o puede que solamente esté dormida! A pesar de nuestra historia, de nuestras tradiciones, de nuestras cofradías, incluso del acto que en este momento celebramos. ¿Estamos dispuestos a oir o, más bien, a escuchar lo que Cristo nuestro bien gritó desde la Cruz?... si no es así nuestra Ciudad, nosotros mismos, nos habremos quedado sin alma, sin corazón…

 

Parafraseando al poeta: ¡Despierta alma dormida!

 

 

Reverendísimo Padre; excelentísimas e ilustrísimas autoridades civiles, militares y eclesiásticas; oficiales mayores y cofrades de la de las Siete Palabras; queridos hermanos todos:

 

Permíteme que te tutee, que este sermón sea una confidencia, palabras de un corazón que habla al corazón (cor ad cor loquitur). Palabras de un corazón enamorado a un corazón que necesita estar enamorado para vivir en plenitud; palabras del corazón de Cristo a tu propio corazón; palabras pronunciadas en el momento más trascendente de la vida del Hombre (con mayúscula), cuando Él entrega su vida  por ti. Siete palabras que Jesús habría pronunciado aunque tú fueses la única persona que pudieses oirlas, siete palabras que hoy te sigue dirigiendo a ti.

 

 

 

Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen (Lc 23, 34)

 

Imagina que eres tú quien estás sujeto a un madero, clavado sin haber hecho nada que mereciese castigo. Muy posiblemente de tu boca no podrían salir más que sonidos inarticulados o en el mejor de los casos, si tuvieses fuerzas, alguna imprecación no muy agradable hacia quienes te han llevado a esa situación. Por eso no puede menos que asombrarte que las primeras palabras que Jesús pronuncia al ser alzado en la cruz sean palabras de perdón, perdón acompañado de una excusa, como quitando culpabilidad a aquél que verdaderamente lo es. La excusa que el Crucificado nos da es la ignorancia: “no saben lo que hacen”.

 

Con facilidad podríamos pensar que, seguramente, habría personas que no sabían lo que hacían; no sabían quien era aquel hombre que hablaba con autoridad, al que seguía tanta gente, que hacía milagros…

 

Uno más de tantos charlatanes que poblaban los caminos del Próximo Oriente, podría pensar el soldado romano; un líder fallido, un bandido como los otros dos que estaban crucificados con Él, pensaría un zelota; un hombre bueno, que cuidaba a los marginados, diría alguno que le había acompañado desde la lejana Galilea. Pero ¿qué ignorancia podrían alegar el sacerdote, el escriba, el fariseo, aquellos que presumían de conocer la Ley y cumplirla? ¿No es esa excusa que pone Jesús un punto más para pedir su muerte? ¿Cómo se atreve a llamar ignorantes a aquellos que conocen la Ley y los Profetas mejor que nadie?

 

Y sin embargo esa súplica de perdón de Jesús a Dios Padre se dirige a todos los que escuchan sus palabras, porque únicamente no considerándose sabio (autosuficiente) se puede estar abierto a la conversión… Entonces y dos mil años después; porque esa petición de perdón al Padre Dios la hace por ti.

 

Del mismo modo que a aquellos sabios, a nosotros nos resulta escandaloso considerarnos ignorantes: pensamos que todo lo hacemos bien y que no necesitamos ser perdonados. Nos jactamos de que lo que hacemos lo hacemos de buena fe, que todo lo que es producto de nuestra “libertad” (palabra sagrada sobre todas para el que quiera ser moderno), lo es de nuestra conciencia y, por ello, respetable, sin que pueda recriminársenos ni llamársenos la atención.

 

Sin embargo nuestra conciencia está dañada: Hemos perdido el sentido del pecado, los conceptos del bien y del mal y, más aún, el concepto de Verdad del que aquellos proceden, Verdad que sólo se nos revela plenamente en Cristo. Los hemos sustituido por nuestra complacencia, o si quieres, en términos filosóficos, ha triunfado el hombre concupiscible y el irascible sobre el hombre racional. Presumimos de ser sabios y no dejamos que la razón, que es la que trama la conciencia ilumine nuestras apetencias y nuestras repulsiones.

 

Jesús hace al Padre esa súplica por  cada uno de nosotros. Todos en cierto modo hemos abdicado de la Verdad: La hace por ti, esposo o esposa, que te has olvidado de lo que significa el matrimonio,  qué es el amor conyugal y qué la apertura a la vida. La hace por ti, padre o madre de familia, que has abdicado de tu papel natural para convertirte en “amigo”, eliminado la autoridad en aras de un amor mal entendido. La hace por ti, muchacho, que has creído todos los halagos que hacen a tu juventud, que insisten en tus derechos y no en tus responsabilidades, y que impiden que te conviertas en una hombre o una mujer completo. La hace por ti, enfermo o anciano, que has perdido la esperanza porque te han hecho creer que tu vida ya no sirve y que eres una carga para la sociedad. La hace por ti, empresario o trabajador, que no buscas el sentido social de la propiedad y del trabajo, sino únicamente el beneficio de tu clase, sindicato o patrimonio. La hace por ti, servidor de la cosa pública, para el que el poder se convierte no en un servicio al bien común, sino en una meta alcanzada que hay que mantener como sea, muchas veces al servicio de intereses ideológicos o económicos. La hace por ti, la hace por mí, ministro de la Iglesia, que abarato la Palabra y los Sacramentos del Señor con la excusa de la escucha a los signos de los tiempos o por la tibieza con que vivo mi ministerio. La hace por ti, cristiano que, quizá, has dejado de serlo y sólo guardas de Cristo un ropaje que te pones de vez en cuando, puede ser que en Semana Santa, pero que te estorba la mayor parte del tiempo. Como ha expresado el papa Benedicto XVI en una entrevista de su reciente viaje a Méjico: Hay en muchos católicos una cierta esquizofrenia entre la moral individual y la moral pública.

 

¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen! ¡Padre, perdóname porque me niego a reconocerme pecador! ¡Porque me niego e reconocer mi ignorancia y me obceco en una sabiduría que procede de mi propia carne y no de Ti!

 

 

Hoy estarás conmigo en el Paraíso (Lc 23, 43)

 

Una de las más importantes obras líricas de la literatura inglesa es “El paraíso perdido” escrito por John Milton en 1667, ilustrado en el siglo XIX por las inquietantes escenas de William Blake, una dramatización sobre los primeros capítulos del libro del Génesis y que viene a reflejar la zozobra y la angustia del ser humano que ha salido del estado de felicidad original que Dios había pensado para él.

 

Por eso el hombre siempre se encuentra a la búsqueda de algún paraíso. Cuando evocamos esta palabra nos vienen imágenes de abundancia de todas aquellas cosas que anhelamos, de deseos satisfechos: playas paradisíacas, vegetación exuberante,  multitud de bienes de consumo, de relaciones o de cualquier tipo de estímulos a nuestros sentidos. A veces, incluso, el paraíso que buscamos no es tan materialista como los ejemplos señalados: aparece como un ansia de mayor entrega a una noble causa de solidaridad, de derechos, política o incluso religiosa.

 

El primer tipo de paraísos es aquél que nos ofrece y potencia la cultura dominante y que no supone sino una forma de alienación del hombre, de hacerle maleable de tal modo que responda a sus pulsiones, emociones o sentimientos y no a su razón. El segundo tipo de paraísos puede parecernos noble, pero convertidos en un fin en sí mismos pasan a no ser más que instrumentos al servicio que esos otros paraísos que nosotros nos hemos creado: Así la solidaridad anhelada puede convertirse en un modo de lograr el paso de los bienes materiales de unas manos a otras (generalmente las mías o las de mis amigos); el logro de unos nuevos “derechos”, en dar legitimación a prácticas, acciones o actitudes que laven mi cara frente a los demás, justifiquen mi comportamiento o me hagan estar por encima de ellos construyendo una moral a mi medida; la política como deseo de poder o de ambición; y unos sueños religiosos que con la excusa de mistica y perfección de vida, en ocasiones, enmascaran frustraciones, eluden responsabilidades o son huidas de la realidad. En definitiva, todos esos paraísos que nos creamos y nos buscamos no son más que repetir el primer pecado del hombre: el egoísmo, la afirmación de uno mismo frente a Dios y frente a los demás y que, paradójicamente, hicieron perder al hombre el Paraíso para el que había sido creado.

 

¿Cuántas veces has escuchado las palabras de Cristo en la Cruz a lo largo de tu vida? ¿Cuántas veces has escuchado este “Hoy estarás conmigo en el Paraíso? Seguramente me podrás decir: “Muchas veces”; “llevo viniendo al Sermón desde que era pequeño”… Pero si te preguntase ¿qué significa “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”?  Probablemente o no me contestas, o nunca has pensado en ello o me digas simplemente “el Cielo”.

 

Para entender esta palabra de Jesús nos hace falta atender al diálogo que existe entre los dos bandidos y Jesús. Dimas y Gestas habían buscado su paraíso particular en la Tierra. Seguramente se trataba de un paraíso político, ya que el término bandido es el mismo con el que el Evangelio designa a Barrabás. A la hora de la muerte ese paraíso se viene abajo y llega la hora definitiva, que cada uno va a experimentar de modo diferente. Uno desde el empecinamiento en su propia verdad, en su propio egoísmo; el otro reconociendo los hechos desde la Verdad, el bien y el mal, la justicia y la injusticia, la inocencia y la culpabilidad. Uno sigue sintiéndose sabio, el otro ha reconocido su ignorancia y su pecado y por ello es capaz de convertirse, de abrirse al misterio de salvación de Dios y, por eso, se le promete el Paraíso. Habían buscado el paraíso, la felicidad, en la Tierra y no la encontraron. Uno de ellos encontrará la salvación.

 

En este sentido ha sido publicado en italiano, hace unos días, una recopilación de lecciones que en 1975 el entonces teólogo Joseph Ratzinger impartió en la Facultad de Teología del Trivéneto. Aparece allí una afirmación que debe hacernos pensar: El término «felicidad» ha sustituido progresivamente, en el sentimiento y en el habla común del área teológica, al término clásico «salvación». Eso ha implicado la pérdida del fuerte sentido cósmico contenido en el concepto cristiano de salvación. Con el término «salvación» se aludía a la salvación del mundo, dentro de la cual se realiza la salvación personal. En cambio, ahora felicidad reduce el contenido de la salvación a una especie de bienestar individual, a una «cualidad» del vivir del hombre entendido como individuo; en esta perspectiva el «mundo» ya no se considera por sí mismo y globalmente, sino sólo en función individualista.

 

También hoy Jesús te invita a realizar ese proceso que realizó el buen ladrón: ¿Qué paraíso andas buscando? ¿Adonde te lleva esa búsqueda? ¿Te da la felicidad? Reconocer tu miseria, tu pecado, tu debilidad, tu impotencia, arrepentirte (que es algo muy sano, en el confesionario y la vida cotidiana) es lo único que te puede hacer decir: “Acuérdate de mí cuando estés tu Reino”; y que Él te responda: “Te lo aseguro, hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

 

 

Mujer, ahí tienes a tu hijo (Jn 19, 26)

 

Seguramente te resultará conocido el canto mariano Stabat Mater. Hace unos años, cuando  el cardenal Antonio María Javierre pronunció este mismo Sermón, todos pudimos escuchar, intercaladas con sus palabras, las estrofas de ese hermoso himno gregoriano:

 

            Stabat mater dolorosa                       La Madre estaba llorosa 

Iuxta crucem lacrimosa                     junto a la cruz lacrimosa 

Dum pendebat Filium.                       de donde colgaba el Hijo.

           

Una composición medieval que intenta sumergirnos en la crucifixión de Cristo desde la perspectiva de la Santísima Virgen. A lo largo de los siglos insignes compositores han ido poniendo música a esos viejos versos latinos. Hace no muchos años, en 2007, el maestro Palazón compuso un nuevo Stabat Mater para una misa de réquiem, no sólo compuso una nueva melodía, sino que, con el mismo espíritu de la tradición de la Iglesia, encargó una nueva letra, que refleja fielmente la figura de María al pie de cruz, pero que al menos en su comienzo contiene una nota que puede servirnos en la reflexión de esta mañana:

 

                                   Eres Madre dolorosa,

                                   roca firme junto al Hijo

                                   que se entrega por amor.

                                   Fruto excelso levantado,

                                   en el  árbol nos redime

                                   traspasado de dolor.

                                   Madre llena de amargura,

                                   ojos de mirar el llanto

                                   con que llora el corazón.

                                   Los que clavan a tu Hijo

                                   han clavado en ti primero,

                                   una espada de aflicción.

 

      Roca firme junto al Hijo… La palabra latina stabat, con la que se inicia el canto, indica estar, pero con sentido de permanencia, de estar enraizado, firme, fiel. La expresión roca empleada en esta nueva versión posee, además, un contenido eclesial que nos remite a otros dos pasajes evangélicos: aquél en que Jesús nos habla de la casa edificada sobre arena y la casa edificada sobre roca; y aquél en que después de la confesión de Pedro, el Señor dice: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará”  (Mt 16, 18). María es la madre fuerte, rocosa, que ve morir al Hijo amado; pero es también la Madre que da a luz a nuevos hijos: ese hijo que eres tú, ese hijo de la Iglesia que eres tú; porque la Madre María es la imagen de la Iglesia.

 

Hace unos días, en un programa de televisión aparecía un sacerdote cubano al que se preguntaba cómo había sido posible su vocación en la Cuba comunista: fue explicando las diferentes circunstancias de su vida, llegó el momento en que debía realizar una tarea evangelizadora, de puerta en puerta. En una casa se presentó, dijo quien era y qué estaba haciendo; entonces el padre, cortesmente le dijo “que en aquella casa todos eran comunistas y no creían en Dios”. El entonces seminarista, al ver una imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre,  preguntó a continuación: “¿y en la Virgen de la Caridad?”; el hombre le contestó: “En Ella sí, es la Madre”.

 

Puede parecer una simple anécdota, pero nos da una idea clara: incluso en el lugar más apartado de la fe, la presencia de María es presencia  de la Madre, también de la Madre Iglesia,  que sigue engendrando y acogiendo nuevos hijos. También te acoje a ti que quizás te has apartado de la Iglesia: sólo puedes recibir a María como madre si recibes a la Iglesia como madre.

 

Según el gran teólogo suizo Hans Urs von Balthasar la Virgen representa el principio de unidad en la Iglesia e inseparable de los otros principios apostólicos: el petrino que hace referencia a la fe de ésta, recogida en el Credo y que es la expresión de esa roca que es la fe apostólica; del principio paulino que nos habla de la misión; y del principio joánico que nos muestra la fuerza del Espíritu de Dios. Amar a la Madre que nos da Jesús ha de llevarte a profesar la fe de la Iglesia de la que ella es el primer testigo, ha de hacerte corresponsable en su misión, iluminada siempre por el Espíritu.

 

¿Qué es profesar la fe de la Iglesia? En primer lugar creer que Jesús es el Salvador, con mayúscula, el único que salva; algo que puede parecer una verdad de Perogrullo, pero que tantas personas incluso cristianas cuestionan hoy en día. En segundo lugar que creer en Jesús tiene consecuencias para tu vida, te la cambia, le da un sentido nuevo y te lleva a tener un nuevo comportamiento.

 

Si continúas leyendo esta tercera Palabra verás que dice “y el discípulo la recibió en su casa”. No la recibió, como obligación o por cortesía, el Papa  Benedicto XVI en su libro Jesús de Nazaret nos dice que la traducción más correcta habría sido “que el discípulo la tomó entre sus cosas”, la hizo parte de su vida.

 

Jesús al decirte esta palabra te está pidiendo que acojas a su Madre como tu Madre, y que acojas a la Iglesia como a tu Madre.

 

 

Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado? (Mt 27, 46; Mc 15, 34)

 

De las siete Palabras de Cristo en la cruz ésta ha sido siempre la que más interrogantes ha presentado a aquellos que se sumergen en el estudio de la Sagrada Escritura, porque tiene que ver con la bondad de Dios, con su omnipotencia, con nuestra libertad. También tiene que ver con lo que se llama la autoconciencia de Jesús, si sabía quien era realmente…; a ello se unen las tinieblas de esas tres últimas horas de Jesús en la cruz y el silencio de Aquél que tantas veces se había manifestado señalándole como Hijo.

 

El Papa Benedicto XVI comentando las últimas palabras del Señor lo decía así en la Audiencia General del pasado 8 de febrero: Las palabras que Jesús dirige al Padre son el inicio del salmo 22, donde el salmista manifiesta a Dios la tensión entre sentirse dejado solo y la consciencia cierta de la presencia de Dios en medio de su pueblo… El salmista habla de “grito” para expresar ante Dios, aparentemente ausente, todo el sufrimiento de su oración… El grito en el extremo tomento es al mismo tiempo certeza de la respuesta divina, certeza de la salvación, no solamente para Jesús mismo, sino para “muchos”. En esta oración de Jesús se encierran la extrema confianza y el abandono en las manos de Dios, incluso cuando parece ausente, cuando parece que permanece en silencio, siguiendo un designio que para nosotros es incomprensible.

 

Todos en algún momento de nuestras vidas, quizá en muchos, experimentamos el sufrimiento. Normalmente no en la forma dramática de una muerte violenta, aunque ahí tenemos a las víctimas y familiares de víctimas del terrorismo, pero si en muchas circunstancias de la vida: no podemos obviar los terribles efectos que esta larga crisis económica está teniendo en tantos miles de familias españolas. Tampoco el drama de los miles de mujeres que cada año se ven impedidas para ser madres, muchas veces no por su propia voluntad, sino porque su entorno o la sociedad misma cercenan eso que más que un derecho es la dimensión natural de toda mujer. O el drama de tantos matrimonios que se rompen porque es mucho más sencillo dejar los problemas de lado que enfrentarlos. O la necesidad de tener que abandonar el propio país para conseguir un modo de vida digno. Ni la impotencia que sentimos ante una enfermedad que en muchas ocasiones reduce la capacidad de las personas. Seguramente tú te has encontrado o te encuentras en esas situaciones, o conoces a alguien que se encuentra en ellas.

 

Yo todos los días conozco de esos casos, porque el confesionario se convierte muchas veces en un Calvario donde las personas elevan esa oración hecha grito al Padre Dios. Lo mismo tú eres una de esas personas que me han dicho: “Tengo dudas de fe, porque todo me sale mal… No entiendo porqué a mi nieto de seis años, de repente le ha dejado de funcionar un riñón… Llevo cuatro años en el paro y me ronda la idea del suicidio para que mi familia cobre el seguro de vida o mis hijos tengan una pensión… Tengo un marido enfermo crónico que me hace la vida imposible… ¿Por qué no me lleva Dios ahora que ya no valgo para nada?”. Pero en medio de la amargura y el dolor en ese grito desgarrado también está la esperanza de que Dios puede ayudarnos.

 

Dios nunca te abandona, eres tú el que frecuentemente le dejas sólo, como lo hizo tantas veces el pueblo de Israel. ¿Qué es lo que te hace falta? La fe, la fe de Jesús. Recuerda que el dijo que “si tuvierais fe como un granito de mostaza le diríais a esa montaña que se hundiese en el mar y lo haría”. La fe es un don de Dios que constantemente hemos de pedir, pero la fe no es un sentimiento o un estar a gusto. Que desde el Señor veas el sufrimiento no sólo como una prueba, sino como una oportunidad que él te da: de unirte al sacrificio de la cruz, de descubrir la solidaridad de los demás, de darte cuenta que no necesitas tantas cosas, de saberte necesitado de Dios.

 

El Papa terminaba esa Audiencia con estas palabras: “La oración de Jesús moribundo en la cruz nos enseña a rezar con amor por tantos hermanos y hermanas que sienten el peso de la vida cotidiana, que viven momentos difíciles, que atraviesan situaciones de dolor, que no cuentan con una palabra de consuelo”.

 

Tengo sed (Jn 19, 28)

 

Los estudiosos de la Biblia consideran esta quinta Palabra como cumplimiento de lo recogido en el salmo 69: “Para mi sed me dieron vinagre” (Sal 69, 22). También encuentran en ella un reflejo del cántico de la viña del profeta Isaías: “Esperaba que diera uvas, pero produjo agraces” (Is 5, 2).  

 

Sin embargo en mi imaginario personal hay dos relatos a los que me remite la sed del Señor: La primera es una escena doble de la película Ben-Hur. Un Jesús al que no se le ve la cara da agua a aquel hombre condenado a galeras. En la cruz es ese mismo hombre el que devuelve el favor al Nazareno, acercando a los labios de Cristo la caña empapada de vinagre y agua. Ese fotograma nos acerca de un modo claro a la sed como fenómeno físico.

 

La otra escena es mucho más importante. Por lo pronto se trata de un texto del evangelio de San Juan y en él la sed física de Jesús se convierte en la excusa para mostrar su sed de amor hacia los hombres: se trata del bellísimo relato de la samaritana (Jn 4, 1-45). Independientemente del simbolismo que el agua tiene en el evangelio de Juan y las referencias a la historia salvífica del pueblo de Israel que supone que se desarrolle en el pozo de Jacob “que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados” (v. 12); lo que resulta verdaderamente impresionante es el diálogo de Jesús con la samaritana.

 

Imagina que la samaritana eres tú y qué Jesús te pide de beber. Probablemente le harías ese favor. Pero ¿cómo reaccionarías cuando metidos en la conversación él manifestase conocer cosas de tu vida, cosas que tú ves normales porque son normales para la sociedad y te mostrase la verdad de tu comportamiento? La samaritana tenía fe, aunque separados de los judíos los samaritanos tenían la misma fe. Tú también dices que tienes fe, pero al igual que ella tu comportamiento no se ajusta a lo que dices creer; seguramente tampoco eso te acarrea sentimiento de culpa alguno. Pero hay algo que ya no es el agua física, el no tener que ir al pozo a sacarla, que le impulsa a llamar a sus vecinos. Quizá su vida  no era tan dichosa como pensaba hasta entonces, piensa si lo es la tuya.

 

Jesús tiene sed de la fe y del amor de esa mujer; Jesús tiene sed de tu fe y de tu amor. Te está pidiendo tu agua, lo que tú tienes, aunque solo sean tus pecados, para que tú puedas llenarte de él. Acércate al Señor que te pide de beber y el cambiará tu vida. Cuando Cristo muere y es traspasado por la lanza del soldado, el evangelista nos dice que “al punto salió sangre y agua” (Jn 19, 34). Los Padres ha visto en ello el nacimiento de la Iglesia, del Bautismo y de la Eucaristía. El sediento se ha convertido en esa “fuente que salta a la vida eterna”, como se lo había prometido a la samaritana. Esa agua ha saltado a ti, por medio del bautismo, deja que calme tu sed.

 

 

Todo está consumado (Jn 19, 30)

 

Para el evangelista San Juan ésta es la última Palabra que pronuncia Jesús. En ella se resume toda la primera parte del Padrenuestro: es santificado el hombre de Dios, se hace presente el Reino de Dios y se ha cumplido su voluntad. Cristo ha cumplido con creces la tarea para la que había sido enviado al mundo.

 

Estando estudiando en el Seminario de Valladolid siempre que entraba en la capilla me impresionaba aquella frase de la Escritura que, como un friso, recorría la parte inferior de las vidrieras del Via Crucis: Factus obediens usque ad mortem, mortem autem crucis (se hizo obediente hasta la muerte y una muerte de cruz). Manifiesta hasta que punto Jesús ha cumplido la voluntad del Padre. Según Santo Tomás de Aquino la contemplación de Cristo obediente hasta la muerte y muerte de cruz, es la que mayor bien hace a quien la contempla.

 

No podemos ver el cumplimiento de la voluntad de Dios en Jesús como un hecho aislado y circunscrito al momento de la muerte, es algo que aparece y va creciendo en toda la vida del Señor, ya desde de su infancia (huída  a Egipto), pero que se da de un modo especial en su vida pública (en las tentaciones del desierto, cuando habla del cumplimiento de la voluntad de Dios, cuando Pedro se escandaliza ante el anuncio de la Pasión, en la oración en el huerto…).

 

Todo se ha cumplido… ¿Puedo yo decir lo mismo de mi vida? ¿Cumplo la voluntad de Dios? ¿Soy obediente a lo que Él me pide?

 

Seguramente pensamos que aquél que obedece es menos libre, ya que hemos identificado la libertad con hacer lo que a cada uno nos apetece y nos parece que eso es lo correcto. Sin embargo aquél que obedece al Señor, que cumple la voluntad de Dios, es más libre, porque es capaz de desatarse de aquello que más le sujeta y que es el propio yo.

 

¿Pero, cuál es la voluntad de Dios? La respuesta que te puede parecer difícil nos la da el propio Jesús cuando el joven rico le pregunta “¿qué debo hacer para ganar la vida eterna”. Le responde: “Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos” (Mt 19, 17). Una respuesta sencilla y clara: cumplir los mandamientos. Muy probablemente todos cojeamos de alguno o de muchos de eso que los judíos llamaban las diez palabras de vida.

 

Esas palabras de vida se van concretando de un modo diferente en la existencia de cada uno de nosotros. No vive de igual modo la santificación del tiempo una persona consagrada que otra que no lo es (la diferencia más importante es el rezo de la liturgia de las horas como obligación contraída en la profesión religiosa o la ordenación sagrada). No vive de igual modo la castidad una persona casada que otra que no lo está… Lo importante para un católico está en realizar la vocación a la que ha sido llamado en la iglesia y que tiene una finalidad común a todos: la santidad.

 

También la Iglesia como Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo está llamada a cumplir la voluntad de Dios. Para eso el Señor le ha dotado de unos medios, podríamos decir constitucionales, para llevar a cabo su tarea en el mundo: el aspecto jerárquico y el aspecto carismático supeditado a aquél. Por eso es importante la unidad en torno al ministerio apostólico. Realizar la voluntad de Dios en nuestra vida supone realizar la voluntad de Dios como Iglesia.

 

En la sociedad norteamericana se está produciendo un gran debate por la imposición a todas las empresas, en los seguros médicos a sus trabajadores, de unas medidas sobre salud que quiere imponer la Administración Obama. Esas medidas chocan frontalmente con la doctrina de la Iglesia en materia de anticoncepción y aborto. Esa imposición no solo tiene un aspecto confesional, como tantas veces se intentan vender esas cosas, tiene que ver con algo más profundo que es la libertad de conciencia de cada individuo. Para la Iglesia en los Estados Unidos el cumplimiento de la voluntad de Dios está en denunciar y oponerse a esa legislación y mover las conciencias, que tiene una clara relevancia en este año electoral. Desde una perspectiva meramente humana puede parecernos que lo sensato es contemporizar –podemos pensar que se pueden perder cosas- Pero no hay luz sin cruz. En muchas ocasiones la Iglesia a preferido perder los medios materiales con los que realiza su misión, a renunciar a realizar esa misión. Esto tiene que ver con aquellas palabras de Cristo “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mc 12, 17). La Iglesia no es de ningún César, ni antiguo ni moderno. La Iglesia es de Cristo, y Cristo de Dios.

 

El video que la Conferencia Episcopal Española lanzó con motivo de la Campaña del Seminario de este año 2012, terminaba mostrando como los sacerdotes realizan su servicio en la Iglesia: Alimentarás a los hombres… Unirás corazones… Consolarás a los que sufren… Confirmarás a los que quieren ser fuertes… Experimentarás con ellos la verdadera alegría… Los sumergirás en la Verdad… Y serás sacerdote, testigo de Jesucristo.

 

Puede parecerte que eso a ti te afecta poco, aunque a ti, muchacho, pueda haberte tocado el corazón. Pero a lo que todos estamos llamados es a ser testigos de Jesucristo. Un día entregarás tu vida a Dios ¿podrás decir como Cristo “todo está cumplido? Examina tu vida, si en ella has sido obediente a lo que el Señor te ha pedido. Si has aceptado esas cruces que, no hay que buscarlas, siempre llegan, si has sido testigo de Jesucristo.

 

 

A tus manos encomiendo mi Espíritu (Lc 23, 46)

 

El paso titular de esta Cofradía de las Siete Palabras, en cuyo centro está el Santísimo Cristo de las Mercedes, lleva el título de esta palabra. Las profecías se han cumplido, el inocente ha muerto por los culpables, las últimas tres horas de Jesús han sido de silencio y tinieblas, sólo esas últimas palabras de abandono de los hombres y de abandono y confianza de Cristo en el Padre.

 

Parece que todo ha acabado y sin embargo hay una gran revolución cósmica: un terremoto, la tierra se abre y los muertos salen de sus sepulcros, el velo del Templo se rasga y al centurión pagano se le abren los ojos a la fe: “Verdaderamente éste era justo” (Lc 23, 47). Quedan tres días, cuarenta horas para la Resurrección y el mundo ya ha cambiado porque Cristo reconciliado con el Padre, ha salvado aquello que el hombre había perdido por el pecado.

 

El pecado, el sufrimiento y la muerte siguen existiendo en el mundo, pero la muerte del Señor hace que no tengan la última palabra. La última palabra que Dios nos da es de vida. Vida terrena que nos lanza a ser defensores de la creación que Él nos ha dado, dominando la tierra y haciéndola producir y que no podemos entender sólo ni fundamentalmente en términos económicos, es el hogar de los hombres y en el que hay sitio para todos. Del valor y dignidad de toda vida humana, puesta por Dios como cima de esa Creación y sagrada en cuanto imagen y semejanza suya, desde el momento de la concepción al de la muerte natural. También de la vida eterna, horizonte y meta de nuestro paso por este mundo y que nos llama a vivir solo de Dios.

 

Todo esto solo podemos realizarlo desde la fe, a la que el papa Benedicto XVI nos convoca en este año 2012, a partir del 11 de noviembre, por medio de la Carta Apostólica Porta Fidei, que en su num. 4 hace referencia a la Asamblea General del Sínodo de los Obispos con el tema “La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana”. Y en su num. 7 aparece como una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. Dios, en el misterio de su muerte y resurrección, ha revelado en plenitud el Amor que salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados (cf. Hch 5, 31).

 

Recibir o no el don de la fe que Dios nos da es tarea nuestra. En  palabras de San Agustín: “El médico, en lo que depende de él, viene a curar al enfermo. Si uno no sigue las prescripciones del médico, se perjudica a sí mismo. El Salvador vino al mundo… Si tú no quieres que te salve te juzgará a ti mismo”. Debemos querer aceptar el perdón que Jesús ya nos ha dado desde la Cruz.

 

Cristo ha muerto, y con su muerte nos ha dado la vida. Nos ha llamado de las sombras e imágenes en las que vivimos a vivir en la luz de la Verdad ( ex umbris et imaginis ad veritate, epitafio en la tumba del Beato John Henry Newman). Pongamos esta oración y nuestras vidas en las manos de María; Madre de Dios y Madre nuestra.

 

 

                                   Una nana de armiño

para tu sueño,

aromada de trinos,

brisas y besos.

Lucero mío,

duérmete en mi regazo,

si tienes frío.

 

                                   Una cruz en las sombras

perfila el viento.

No despiertes, mi Niño,

sigue durmiendo.

Tu madre vela

frente a todas las cruces,

aunque le duela.

 

                                   Dormido entre mis brazos,

blanda sonrisa

en sus labios abiertos

bebe la brisa.

Mi Niño duerme.

¡Callad ramas del sauce,

que no despierte!.

 

                                                  (Juan Gutiérrez Radial, Baladilla de la Virgen desvelada)

 

 

José Andrés Cabrerizo Manchado, Canónigo de la Santa Iglesia Catedral Metropolitana

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