Valladolid Cofrade Semana Santa de Valladolid 2022


SERMÓN DE LAS SIETE PALABRAS – VIERNES SANTO 2015

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Rvdo. Sr. D. Antonio Pelayo Bombín Eminentísimo Señor Cardenal Arzobispo de Valladolid, querido Don Ricardo. Excelentísimo Señor Alcalde de Valladolid, querido Javier. Autoridades, cofrades, queridos paisanos. Perdonadme que antes de iniciar este Sermón de las Siete Palabras que tan inmerecidamente se me ha hecho el honor de pronunciar os haga llegar algunas impresiones personales. La primera es la emoción que me embarga al verme en este púlpito teniendo ante mis ojos el imponente espectáculo de la Plaza Mayor de mi querida ciudad de Valladolid con la presencia de autoridades, cofradías y estos siete pasos que representan nuestra mejor tradición artística y religiosa. Quiso Dios que naciera en esta ciudad, a escasos trescientos metros del lugar donde ahora nos hallamos, en la calle Núñez de Arce.

 

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Allí vi las primeras luces del mundo en el seno de la familia formada por mis queridos padres Rafael y Asunción y mis cinco hermanos. En aquel Valladolid de los años cincuenta pasé mi infancia y mi adolescencia correteando por calles y plazuelas cuyo trazado sigue siendo el mismo aunque haya cambiado su fisonomía. En el número siete de esta Plaza Mayor vivía mi madrina Antonia Miñón desde cuyo balcones presencié más de una procesión de nuestra Semana Santa. Si, nuestra Semana Santa forma parte de mis más entrañables recuerdos con esa mezcla de admiración y estupor con que el muchacho que yo era entonces seguía el desfile de los capuchones y de los pasos. Y aunque la llamada de Dios —la vocación como solemos decir es un misterio y no puede dejar de serlo porque la iniciativa es siempre y sólo suya—, yo siempre he pensado que el Señor se sirvió de esas vivencias infantiles más emocionales que intelectuales para enderezar mi vida hacia el sacerdocio. Comprenderéis, pues, que al verme ahora aquí dispuesto a pronunciar este histórico sermón me conmueva  hasta lo más hondo del corazón. Pero es que, además, al repasar la lista de los que me han precedido en esta misión mi primera reacción fue declinar la invitación que me hacía la Cofradía de las Siete Palabras. Durante décadas se han sucedido en este atril cardenales, arzobispos y obispos, escritores de solera, cultivadores de la mejor oratoria sagrada de nuestros país. ¿Cómo iba a ser yo capaz, no digo de emularles, sino simplemente de no desprestigiar tan ilustre tradición? Finalmente me animó a aceptar tan honroso encargo el recuerdo de tres personas que en su día ocuparon esta cátedra y a las que me he sentido siempre muy unido y agradecido. Son el Cardenal Marcelo González arzobispo de Toledo y Primado de España, el sacerdote, periodista y poeta José Luis Martín Descalzo y el Cardenal Antonio María Javierre, que en su día fue Prefecto de la Congregación para el Culto Divino en la Curia Romana. Don Marcelo, como siempre quiso que se le llamara, forma parte de los recuerdos de mi niñez. Cuando en compañía de mi hermano Rafael nos dirigíamos al Colegio Hispano, hoy Colegio La Salle, muchos días nos encontrábamos en la calle de López Gómez con su imponente silueta embozada en el manteo y envuelta en las nieblas invernales tan típicas de la ciudad del Pisuerga y del Esgueva. Apenas nos atrevíamos a besar su mano. Con mi familia asistíamos los domingos a la misa de una en la catedral durante la cual el entonces canónigo pronunciaba sus famosos sermones. Pero fue en la Universidad Pontificia de Comillas, de la que él fue uno de sus alumnos más famosos y en la que yo me preparaba para el sacerdocio, donde escuché por primera vez su sermón de las Siete Palabras. Fue el Viernes Santo de 1960, año en el que fue nombrado Obispo de Astorga. Muchos años despues, en 1991, honró esta cátedra con una pieza magistral salvaguardada gracias a los archivos de la cadena COPE. De la mano de José Luis Martín Descalzo comenzó mi carrera como informador religioso y bajo su mando trabajé varios años. Debo mucho a su maestría como periodista y como escritor. Toledano de nacimiento, José Luis, se sentía más vallisoletano que otra cosa y en esta ciudad trascurrieron algunos de sus primeros años sacerdotales en la parroquia de Santiago, sede de la Cofradía de las Siete Palabras. Era lógico que a un sacerdote que ya había ganado el premio Nadal de Literatura con “La Frontera de Dios” se le encomendase primero el Pregón de la Semana Santa en 1978 y, años más tarde, un sermón vehemente, encendido y ardiente como era él. El Cardenal Antonio María Javierre, al que tuve el privilegio de tratar intensamente en Roma, es una de las personas más puras que yo haya conocido. Si de mí dependiera ya estaría en los altares. este salesiano cabal como le definía su hermano José María era además un profundo teólogo y un educador en la más genuina tradición de los hijos de San Juan Bosco. El suyo, en el año 2004, fue un sermón de altura, denso pero al mismo tiempo claro en su exposición, reflejo de una espiritualidad que, como todas las que lo son genuinamente, seguía siendo la de un niño crecido en el amor a Dios. He citado sólo a tres pero podría ampliar la lista con otros muchos más nombres —el de nuestro querido Cardenal Don Ricardo sin ir más lejos—, pero los tres aludidos, que ya son ciudadanos del cielo, me echarán una mano y me ayudarán a salir al menos airoso de este difícil trance en el que me encuentro.

COMPOSICIÓN DE LUGAR

 Cuando hace cuatro siglos, Ignacio de Loyola escribe las “páginas inefablemente simples de los Ejercicios Espirituales”, el santo fundador de la Compañía de Jesús, perspicaz conocedor del alma humana, recomienda a los ejercitantes como preámbulo a toda meditación la “composición de lugar”. La explica así el maestro ascético: “En la contemplación o meditación visible, así como contemplar a Cristo nuestro Señor, el qual es visible, la composición será ver con la vista de la imaginación el lugar corpóreo donde se halla la cosa que quiero contemplar. Digo el lugar corpóreo así como un templo o monte donde se halla Jesu Cristo o Nuestra Señora, según lo que quiero contemplar”. Hoy es Viernes Santo y en esta mañana nos disponemos a escuchar y meditar las Siete Palabras que Cristo pronunció en la cruz, transmitidas por los tres Evangelistas sinópticos —Marcos, Lucas y Mateo—; y por San Juan. Os invito, pues, a un viaje imaginario que nos traslada a Jerusalén, a las afueras de la Ciudad Santa, “hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota”, transcripción de la palabra aramea “gúlguta” o lugar del cráneo, una colina desolada bordeada por un camino polvoriento. Hasta allí han llevado a Jesús cargado con la cruz, en compañía de dos facinerosos, y bajo el férreo control de una soldadesca romana grosera y deseosa de acabar cuanto antes su ingrata faena. Allí, una vez desnudado dejando a la vista de todos un cuerpo que ha sido víctima de la increíblemente atroz flagelación y con la cabeza coronada de espinas, le han clavado en la cruz con crueldad, sin miramientos, con la frialdad de quien cumple un horrible trámite, además mal retribuido. El calor es sofocante y en el cielo sobrevuelan bandadas de buitres esperando la hora de su festín. Por fin las cruces son alzadas, la de Jesús en medio de las otras dos donde cuelgan los cuerpos de Gestas y Dimas, los nombres que la tradición ha dado a los dos ladrones o malhechores. Alrededor de los crucificados una multitud vociferante, pandillas de espectadores morbosos que han llegado hasta allí para curiosear y divertirse; formando un grupo aparte los escribas, los fariseos, los ancianos del pueblo, los sacerdotes cómplices e instigadores del crimen, los que saborean su triunfo y se relamen de ver por fin ejecutado a quien han temido que pudiese arrebatarles el poder. En esta ciudad de Valladolid, que durante años fue sede de la Semana de Cine Religioso y de Valores Humanos, podemos recurrir a las imágenes de las muchas películas que sobre la Pasión de Cristo nos ha dejado la historia del cine desde sus comienzos. Muchas de ellas han sido presentadas aquí y no puedo dejar de manifestar mi preferencia por “El Evangelio según Mateo” de Pier Paolo Pasolini; un director marxista y homosexual que, paradójicamente, nos legó una conmovedora transcripción de la vida y muerte de Jesús de Nazaret. También puede ayudarnos en esta “composición de lugar” la impresionante película dirigida por Mel Gibson: “La Pasión de Cristo”. Este es el espectáculo que nos ofrece nuestra mirada interior. Ante nuestros ojos tenemos, además, estos siete maravillosos pasos, obra de nuestros grandes imagineros, Gregorio Fernández, Juan de Juni, Francisco de la Maza, Francisco Díaz de Tudanca, Andrés Solanes, Francisco de Rincón, Pompeo Leoni, Juan de Ávila y otros muchos anónimos. Todo el genio de nuestra tierra, el entusiasmo religioso de sus gentes, la admiración por la belleza están plasmados en estas esculturas que hoy salen a la calle y que durante el año enriquecen nuestras iglesias y nuestro incomparable Museo Nacional. Sí, hombres y mujeres de Valladolid, otras Semanas Santas de la geografía española, podrán jactarse de mayor popularidad y de un acompañamiento folclórico más expansivo, pero nadie puede igualar la riqueza artística de nuestro patrimonio que, sin embargo, perdería buena parte de su valor si no fuese expresión de la fe de tantas generaciones. Este es el escenario donde el divino Jesús va a morir; Él sabe que su hora final está próxima y, a pesar de que ha guardado silencio desde su último diálogo con el gobernador romano, ahora desde la altura de la cruz va a abrir su boca, de la que durante tres años han salido palabras de vida eterna. “Tendría que ahorrar palabras —escribe en su “Vida y Misterio de Jesús de Nazaret” Martín Descalzo— porque ya no le quedaba mucho aliento pero las que dijera tendrían que ser verdaderamente palabras sustanciales, su testamento para la humanidad, palabras como carbones encendidos que no pudieran apagarse jamás y en las que permaneciera no sólo su pensamiento, sino su alma entera, el sentido de cuanto era y de cuanto había venido a hacer en este mundo, el último y el mejor tesoro de su vida y de su muerte”. Estas son, queridos hermanos y hermanas, las siete palabras de Cristo en la Cruz. No las oigamos como un testimonio histórico, como un acta notarial sino como palabras dichas pensando también en nosotros, en cada uno de nosotros ya que para salvarnos a todos, a todos sin excepción, el Señor entregó su vida. Desearía que entendieseis este sermón no como un acto de lucimiento personal —Dios aleje de mí tan estúpida tentación—, sino como una humilde ayuda para acercaros a todas y cada una de las siete palabras como si hubieran sido pronunciadas, sí hace dos mil años, pero cuyos ecos y significados llegan hasta hoy, hasta este mismo momento en que nos encontramos todos juntos meditándolas en esta Plaza Mayor. Pido a su Madre María, Nuestra Señora de los Dolores, ayuda para que mis torpes palabras ayuden vuestra reflexión.

 “PADRE, PERDÓNALES PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN ” (Lc. 23, 34) Son sus primeras palabras desde la cruz. Son palabras de perdón, no de venganza ni de odio o rencor ni siquiera piden a Dios, juez supremo, que haga justicia ante la tamaña injusticia de la muerte de un inocente. Jesús clavado en la cruz se dirige a Dios como Padre para pedirle que no descargue su látigo castigador sobre esos insensatos que le han crucificado. “No saben lo que hacen —escribe Hans Urs von Balthasar uno de los grandes teólogos del siglo XX— lo clavan al leño para deshacerse de él definitivamente y así lo clavan para siempre con esta tierra, firmemente. Lo clavan de tal manera que ya no pueda moverse y así ejecutan su voluntad de permanecer siempre con nosotros. Ni la Resurrección ni la Ascensión cambian nada a esto. No es el hombre quien le fuerza a ser fiel a la tierra; es Él mismo el que, con su divina libertad, permanece con nosotros hasta el final y más allá” (“Via Crucis” en el Vaticano 1988). “No saben lo que hacen” suspira Jesús mientras sus ojos, oscurecidos por la sangre que a borbotones brota de su cabeza coronada de espinas, apenas divisan la horrenda turba que asiste a su ejecución. Quizás no sabían lo que hacían los soldados romanos simples ejecutores materiales del más horrendo crimen de la historia de la humanidad. Quizás Anás y Caifas, y con ellos la casta de sacerdotes y escribas corrompidos y corrompedores, eran incapaces de comprender la magnitud del error que estaban cometiendo. Quizás el gobernador Poncio Pilato, asaltado por sus miedos y su cobardía, pensó que había tomado la decisión “políticamente correcta”, aunque estuviese convencido de la inocencia del Nazareno. Quizás Judas podía justificar su traición por la decepción que habían sufrido sus ansias de liderar una revuelta contra los invasores romanos. Quizás en aquella multitud vociferante y blasfema no había más que sádicos deseos de divertirse con la desgracia ajena y de matar la tarde con un espectáculo que no se veía todos los días. Quizás, quizás, quizás. Pero Jesús se deshace de todos esos quizás y pide al Padre que perdone a todos sin excepción. Para eso vino al mundo, para perdonar y ese quiere que sea su testamento. El perdón de Jesús es ilimitado y recorre todos los tiempos hasta llegar a nuestros días. Tampoco le impide perdonar la magnitud y la gravedad de nuestros pecados porque también los hombres y mujeres de hoy no saben lo que hacen, no sabemos lo que estamos haciendo. No, no saben lo que hacen esos científicos que juegan con la vida humana como si fuera un objeto, un producto que se puede manipular, transformar, vender o alquilar; esos sabios que en sus laboratorios ya pueden clonizar al ser humano privándole de su verdadera naturaleza de hombre libre y de criatura nacida del amor entre un hombre y una mujer. No, no saben seguramente lo que hacen los que trafican con los seres humanos, incluso con los niños; los que les arrojan en miserables pateras al mar, expuestos a todos los peligros con la única esperanza de dejar atrás un pasado de hambre, de violencia y de muerte; muchos de ellos, demasiados, acabarán en el fondo del mar convertido así en el más cruel de todos los cementerios. No, Señor Jesús, no saben lo que hacen esos políticos corruptos y corruptores que anteponen su codicia a la búsqueda del bien común; los que halagan los más bajos instintos con la demagogia y el populismo olvidándose de que la verdad no puede ser ni tergiversada ni camuflada; los que sólo buscan el poder para servirse de él y no para servir al pueblo del que provienen. No saben tampoco lo que hacen quienes explotan la tierra como si fuera su propiedad y no un don que hemos recibido en préstamo para transmitírselo mejorado a las futuras generaciones; esos desalmados egoístas que no respetan las leyes de la naturaleza y que ignoran que no se puede jugar impunemente con la salvaguardia del planeta. No saben tampoco, por desgracia, lo que hacen esos jóvenes desesperanzados que se entregan a la más cobarde de las fugas refugiándose en las redes del alcohol o de las drogas que matan; jóvenes que han perdido la brújula de su existencia y desconfían de un amor que nunca han conocido y por eso lo minusvaloran; jóvenes de ambos sexos que parecen haber arrojado la toalla antes de comenzar a batallar por sus vidas. No saben lo que hacen —y esto sí que es aún más alarmante—, los clérigos (y yo el primero), cegados por la ambición, la búsqueda del poder y la avaricia del dinero; los que se atreven a violar las conciencias y los cuerpos de niños y adolescentes; los que cargan los hombros de los demás con yugos que ellos mismos no son capaces de soportar y se olvidan de la misericordia que debe ser su única norma de comportamiento. Pero Jesús perdona porque el perdón es una forma muy especial y privilegiada del amor que es la quintaesencia de su Evangelio. Un perdón que mana de la cruz como esa sangre que resbala por el cuerpo del crucificado y empapa este nuestro querido mundo terrible. “Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo —dice el Evangelio de Juan— para condenar al mundo sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3,17). “Y JESUS LE DIJO:

EN VERDAD TE DIGO HOY ESTARÁS CONMIGO EN EL PARAISO” (Lc 23, 43) Palabra sublime, clave de nuestra esperanza. Los dos ladrones. Los evangelistas Mateo y Marcos les califican con la palabra griega “lestes” es decir bandidos o malhechores, el mismo término que usa Juan al hablar de Barrabás. Es decir, que tal vez no fueran simples salteadores de caminos sino miembros de alguna organización de insurrectos contra el poder romano y por ello condenados a la pena capital. Jesús está en medio de ellos; sobre su cabeza Pilatos ha querido poner una inscripción en las tres grandes lenguas de entonces que le proclama “rey”; sí, la cruz es su trono y desde él domina como verdadero rey pero de una manera que ni el gobernador romano ni los siniestros miembros del Sanedrín habrían podido nunca entender. Tampoco ellos, Dimas y Gestas, alcanzaban a comprender el significado de esa inscripción “Jesús Nazareno rey de los judíos”. ¿Era una ironía, una farsa, una última y macabra broma? Las reacciones de uno y otro son completamente opuestas: el mal ladrón se desespera al ver definitivamente derrumbadas sus ambiciones, no acepta verse condenado a morir en un suplicio infame, se suma a los sarcasmos de la turba, insulta, provoca y blasfema. Jesús calla y no le responde. El buen ladrón por el contrario es consciente de sus culpas, considera su condena, la muerte que le espera, como un justo castigo por sus fechorías y reconoce que su “compañero” de suplicio es harina de otro costal, como decimos en estas tierras castellanas. Y entonces, movido por una fuerza que ni él mismo sabe definir, sale de sus labios ensangrentados esta bellísima oración: “Jesús —le dice al Señor llamándole por su nombre— acuérdate de mí cuando vayas a tu reino”. La respuesta del crucificado es inmediata y no deja lugar a dudas: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Jesús no necesita añadir más. Podríamos calificar sus palabras como el “tuit” de la misericordia, del perdón, del abrazo que acoge al pecador que se reconoce como tal y que recupera su dignidad humana. Palabras que sanan, perdonan, regeneran. Para eso había venido Él al mundo, para salvarlo y no para condenarlo. “Así en la historia de la espiritualidad —escribe el Papa emérito Benedicto XVI en su “Jesús de Nazaret” (vol. II, pag. 248)— el buen ladrón se ha convertido en la imagen de la esperanza, en la certeza consoladora de que la misericordia de Dios puede llegarnos también en el último instante; la certeza de que incluso después de una vida equivocada, la plegaria que invoca su bondad no es vana . “¡Tu que escuchaste al ladrón, también a mí me diste esperanza!”, reza por ejemplo la antífona medieval del “Dies Irae”. Lo que sucede es que nosotros somos tan duros, nuestro corazón de piedra es tan reacio a perdonar que nos atrevemos a decir la equívoca frase de “¡Yo perdono pero no olvido!”. No somos capaces de olvidar el daño que se nos ha hecho pero sí olvidamos con frecuencia el daño que hemos hecho o seguimos haciéndonos los unos a los otros, prisioneros de nuestra subjetividad. Como nos recordaba recientemente el Papa Francisco nos cuesta aceptar la “lógica de Dios que con su misericordia abraza y acoge, reintegrando y transfigurando el mal en bien, la condena en salvación y la exclusión en anuncio”. En consecuencia —añadía en su discurso a los nuevos cardenales del pasado 25 de febrero—, “El camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie para siempre y difundir la misericordia de Dios a todas las personas que lo piden con corazón sincero”. El mismo Papa, ese hombre excepcional que rige hoy la Iglesia de Cristo, acaba de anunciar la estupenda sorpresa de un Año Santo extraordinario que comenzará el próximo 8 de diciembre, Día de la Inmaculada Concepción, y durará hasta el 20 de noviembre del 2016, festividad litúrgica de Cristo Rey. Año Santo de la Misericordia porque, como repite sin cesar Bergoglio, “Dios perdona siempre, Dios perdona todo, Dios no se cansa de perdonar. Somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón”. Así somos de estúpidos y orgullosos los hombres Jesús le promete a Dimas estar con él en el Paraíso. Ese Paraíso que nos espera a todos pero —¡atención vallisoletanos que me escucháis !—, no nos equivoquemos, no busquemos el cielo en la tierra, no nos dejemos engañar por quienes nos prometen paraísos artificiales, efímeros, virtuales y al final decepcionantes. No podremos alcanzar el Paraíso que Jesús nos promete sin pasar por el Calvario, por la cruz de cada día.

“MUJER , AHÍ TIENES A TU HIJO, HIJO AHÍ TIENES A TU MADRE” (Jn.19, 20-27) Volvamos, queridos hermanos, por unos instantes a la “composición de lugar” que San Ignacio recomienda antes de cada meditación. Volvemos nuestra mirada interior hacia el Gólgota donde siguen enhiestas las tres cruces; el día avanza lentamente y el cuerpo de Jesús se desangra imparablemente. Ya casi no quedan curiosos ni enemigos porque es el día de la preparación de la Pascua; la casta sacerdotal al completo se ha retirado a las dependencias del templo sin remordimientos, satisfechos de su victoria sobre el Nazareno y las gentes han vuelto a sus casas, a sus faenas, a sus rutinas. Ya han cesado las carcajadas blasfemas, las risas y las injurias. Alrededor de la cruz quedan los soldados; acaban de repartirse el modesto botín del crucificado y han echado a suerte la túnica sin costura, tejida de una pieza por su Madre (según la tradición). Y allí está ella con otras tres mujeres y Juan el joven discípulo que no ha huido víctima del pánico como los otros y está cerca de quien sabe que le ama. La palabra latina que usan los evangelios, “stabat”, sólo puede traducirse como “estaba en pie”, sin desmayos, erguida con la fuerza de un árbol, anclado en sus raíces pero con el corazón destrozado. Al pie de la cruz está María, la llena de gracia, la viuda del carpintero, la mujer de pueblo, la madre Dolorosa, la Virgen de las Angustias, Señora de la Piedad. María, que apenas aparece en las páginas de los evangelios, está ahí donde tiene que estar una madre, al lado de su hijo; es la hora de la fortaleza, de la valentía, de la fidelidad; cuando parece que todo se hunde, que todos le abandonan, ella está a su lado, en silencio, desgarrada por la imposibilidad de darle a su hijo otro consuelo que el de su presencia. El pequeño grupo se ha acercado a la cruz y desde lo alto del madero Jesús, ya apenas sin voz, ve a su madre tan cerca y a ella se dirige con estas palabras tan humanas: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Instantes después mirando a Juan, el discípulo amado, le dice: “Ahí tienes a tu madre”. Son palabras emocionantes que significan mucho más de lo que aparentan a primera vista. No se trata sólo de encomendar una persona a otra, de disponer un acuerdo semi-familiar, de hacer una disposición testamentaria. Jesús la llama “mujer”, no María, para significar que en ese momento es como la nueva Eva, la madre de todos los creyentes, la joven muchacha que acogió en su seno al hijo de Dios y la mujer que al pie de la cruz va a convertirse en la madre de todos los cristianos, en la Madre de la Iglesia, como la proclamó el Beato Papa Pablo VI durante el Concilio Vaticano II. Y a Juan el Señor le encomienda esa mujer; el evangelio añade que el discípulo amado “la acogió en su casa” pero otros prefieren la expresión “la recibió como suya”, porque el verbo griego significa acoger a una persona y, parafraseando, podríamos traducir que la acogió como suya, en su intimidad, “desde aquel momento Juan la acogió como su madre”. El Cardenal Fernando Sebastián, en su último y precioso libro, “María Madre de Jesús y Madre Nuestra” nos ayuda a comprender mejor el significado de esta presencia de María al pie de la Cruz: “Nadie —escribe— ha vivido la muerte de Jesús con tanta intensidad como María. Es difícil imaginar el dolor de una madre al ver a su hijo atormentado y agonizando en la cruz. María vive en su corazón de madre la muerte terrible del hijo que es también su Dios, vive el sacrificio de su maternidad y de su vida, lo acepta todo, lo ofrece todo a Dios en adoración y confianza. Vive en directo el misterio terrible del sometimiento de Dios a la ceguera de los hombres. Comparte el dolor de Jesús, su soledad y su noche oscura pero también su piedad, obediencia y confianza. Pone en las manos del Padre la vida y la obra de su hijo, la regeneración de la humanidad”. Jesús le ofrece a su madre, al pie de la cruz, una nueva maternidad, un parto que como todos se realiza con dolor, una fecundidad misteriosa y milagrosa que se consumará con la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. Treinta años antes en Nazaret ella había aceptado con la sumisión de una esclava abrir sus entrañas al Hijo de Dios; ahora su seno se abre a una nueva fecundidad. Desde la cruz Jesús nos hizo un grandioso regalo, el mejor de todos los posibles, a Ti, Virgen María, que desde entonces eres cosa nuestra y, desde entonces también nosotros somos cosa tuya. Ya tenemos Madre y no cualquiera madre, tenemos alguien que cuida de nosotros; no estamos solos. Como la poesía es el lenguaje más adecuado para reflejar ciertos sentimientos dejadme que ceda mi voz a Dionisio Ridruejo, que hizo una parte de sus estudios en el Colegio San José de Valladolid, y que en este soneto expresa gloriosamente cuanto yo con mi torpeza he intentado decir: Toda la tierra estremecida y grave Bajo la sangre fiel que la levanta Sufre en tu misma entraña donde canta En siete heridas tu agonía. La lenta flor de tu mirada sabe Cuando a los yertos miembros se adelanta Hacerse hiedra de tu triste planta Y erguir los cielos con fervor de ave Bajo la cruz —sin venas que la guarden— Llega hasta ti la savia enaltecida Donde el tiempo remedia sus rigores Y estás ante los astros que no arden Pariendo, Virgen, nuestra propia vida Como pariste a Dios más con dolores.

“DIOS MIO, DIOS MIO, ¡PORQUE ME HAS ABANDONADO? (Mc 14, 34) La cuarta palabra pronunciada por Cristo en la cruz es la más dramática, la más enigmática, la que más problemas ha planteado a los teólogos y comentaristas. Más que una frase es un grito; un grito que taladró los cielos y la tierra. ¿Es un grito de rebeldía, de desesperación? ¿Es una acusación, un reproche, una queja? ¿Cómo es posible que el Hijo de Dios con el que forma una unidad perfecta e indestructible pueda sentirse abandonado por el Padre? ¿Es un conflicto entre la humanidad de Cristo que sufre hasta lo intolerable y su divinidad impasible? No está de más señalar que esta cuarta palabra la pronuncia Jesús después de que las tinieblas cubrieran la tierra. Durante tres horas la oscuridad hizo palidecer la luz del sol. En la lógica divina era natural que la luz desapareciese cuando estaba a punto de morir quien era, en expresión del evangelista Juan, la Luz del mundo. La luz que vino al mundo y el mundo la rechazó, no quiso recibirla. Estamos, pues, ante la más formidable metáfora cósmica de la historia de la humanidad. El Cardenal Carlo Maria Martini, uno de los grandes biblistas de nuestro tiempo, califica estas palabras de Cristo como sobrecogedoras y asegura que desde hace dos mil años la teología trata de explicarlas. “Jesús —escribe el sabio jesuita que fue arzobispo de Milán— se encuentra en la oscuridad más profunda y la vive por nosotros, para ayudarnos a comprender que incluso cuando nos encontramos en esa oscuridad no todo está perdido sino que, al contrario, es el comienzo de la salvación... Como dice San Pablo Jesús nos rescata del pecado y de la maldición asumiendo la condición de pecador, que es la lejanía de Dios. Con la diferencia de que el pecador no es consciente de su condición porque es prisionero de los bienes efímeros del mundo”. El Papa Ratzinger, en su ya citada obra sobre Jesús de Nazaret, también acude a nuestra ayuda ofreciéndonos su clave de interpretación: Como todo judío fervoroso Jesús, sintiendo ya cercana su muerte, se pone en comunicación con Dios rezando un salmo, concretamente el Salmo 22. El primer versículo de ese salmo dice así: ”Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?... Dios mío, de día clamo y no respondes, también de noche y no hay silencio para mí”. Este salmo es como una profecía de la pasión. “Yo gusano —el salmista más adelante— que no hombre, vergüenza de lo humano, asco del pueblo, todos los que me ven de mí se mofan, tuercen los labios, menean la cabeza. Se confió a Yahveh, ¡pues que Él le libre, que Él lo salve, puesto que le ama”. El Papa emérito explica que las palabras de éste y de otros salmos “no corresponden a un sujeto individual cerrado en sí mismo... son palabras a las que sin embargo están asociados a la vez en la oración todos los justos que sufren, todo Israel, más aun la humanidad entera en lucha, por eso estos salmos abrazan siempre el pasado, el presente y el futuro. Están en el presente del dolor y sin embargo llevan ya en sí el don de ser escuchados, de la transformación”. El Salmo 22 no se cierra, efectivamente, en la desesperación. Es su verso 35 el salmista afirma que: “Dios no ha desdeñado ni despreciado la miseria del mísero, no le ocultó su rostro, mas cuando le invocaba le escuchó”. “En una perspectiva como esta —afirma Ratzinger— nada se quita al horror de la Pasión de Jesús. Por el contrario, aumenta, porque no es solamente individual sino que lleva realmente en sí la tribulación de todos nosotros. Al mismo tiempo, sin embargo, el sufrimiento de Jesús es una pasión mesiánica... y lleva consigo así la redención, la victoria del amor”. En la cruz Nuestro Señor bien pudo sentirse abandonado no por Dios pero sí por sus discípulos despavoridos, por Pedro avergonzado de sus negaciones, por Judas el traidor, por todos los que sanó y curó de sus enfermedades. No añadamos nosotros nuestro abandono, nuestra fuga. No seamos desertores porque en la cruz está la vida. “Yo he venido —dijo el Señor— para que tengan vida y la tengan en abundancia”. La Cruz, convertida desde ese día, no en horrible patíbulo, en potro de torturas, sino en símbolo de redención. Nunca podré olvidar la fuertísima impresión que me causó visitar, junto al Papa Juan Pablo II en Lituania, la llamada colina de las cruces. Era agosto de 1993, hacía calor y habíamos llegado a la pequeña ciudad de Siauliai por la mañana; a pocos kilómetros del centro urbano, en medio de la pradera surgía una singular colina con miles, digo bien miles de cruces, tal vez cien mil como nos aseguraban nuestros acompañantes lituanos. Cruces de todos los tamaños, hechas con los materiales más diversos — madera, hierro, hojalata, ramos de árboles—, algunas completamente desnudas, la mayoría de ellas con la imagen del crucificado, muchísimas con un nombre y unas fechas. Cruces que habían sido plantadas allí, clandestinamente, en los años de la tiranía atea, de la persecución anti religiosa cuando proclamarse cristiano suponía la deportación a los “gulags” de Siberia o el fusilamiento. Cruces que eran recuerdo de innumerables martirios y que testimoniaban la esperanza y la fe de los que sobrevivieron a esa hecatombe. La Cruz del martirio y de las enfermedades, de la pobreza, del abandono, de la desolación que un día se convertirá en resplandor y Resurrección. Lo dijo la Doctora de la Iglesia, nuestra Teresa de Ávila: “En la cruz está la vida y el consuelo y ella sola es el camino para el cielo”. “Es una oliva preciosa La santa cruz Que con su aceite nos unta Y nos da luz. Alma mía toma la cruz Con gran consuelo Que ella sola es el camino Para el cielo”

“TENGO SED” (Jn 19,18) La sed. La sed del agonizante. Una sed abrasadora que evoca el salmo que Jesús está rezando antes de entregar su vida a Dios: “Mi paladar está seco como una teja y mi lengua pegada a mi garganta” (Salmo 22, 16). La sed que se suma a otros tormentos físicos aterradores como el continuo desangrarse, el descoyuntamiento del cuerpo crucificado, la asfixia. “Tengo sed”, grita Jesús en esta quinta palabra que en términos similares han pronunciado y pronuncian todavía hoy millones de seres humanos, hombres y mujeres, niños, ancianos, enfermos. Sí, la humanidad tiene sed porque el agua escasea dramáticamente a millones de personas que no tienen qué beber ni con qué lavarse ni con qué regar y hacer crecer sus modestos cultivos. Terrible paradoja de nuestro mundo híper civilizado: el agua, uno de los bienes más preciosos y abundantes del planeta, es una mercancía rara en puntos de los cinco continentes. Según datos de los organismos internacionales casi ochocientos millones de personas carecen de acceso a una fuente de agua segura. Y eso en países como Brasil —donde el ayuntamiento de la megalópolis de Sao Paolo ha decretado su racionamiento—, en los que el agua abunda, sobra con el Amazonas el río más caudaloso del mundo. Pero sus habitantes sufren la carestía de agua potable porque los poderosos no hacen nada o hacen muy poco para poner fin a esa tragedia. ¿Por qué esta anomalía? Porque, como tantos otros bienes de la tierra, el agua está mal distribuida y mientras aquí la derrochamos, la despilfarramos, hacemos un uso exagerado y caprichoso de tan precioso elemento, otros hermanos nuestros mueren de sed o de enfermedades por beber aguas contaminadas. Tienes sed, Señor, pero también sienten ese tormento millones de hermanos nuestros a los que nosotros negamos un vaso de agua pura; un egoísmo del que un día tendremos que rendir cuentas ante Ti. Sí, Tú nos dijiste que si negamos un vaso de agua a quien nos lo pide, a Ti, Señor, te lo negamos. Tú en la cruz ya sufriste las consecuencias de nuestro ciego egoísmo. Pero tu sed en la cruz no es sólo material, fisiológica. Estás también sediento de amor, de ternura. Te sientes abandonado y sabes que tu sacrificio no será suficiente para que todos los hombres y mujeres de la historia sean salvados como Tú quisieras. Como escribió San Agustín “Dios tiene sed de que los hombres tengan sed de Él”. Pero los hombres, los de ayer, los de hoy y los de mañana intentamos aplacar esa sed bebiendo en otras fuentes, recurriendo a otros pozos que prometen saciarnos y calmar nuestra sed pero acaban decepcionándonos porque son efímeros, engañosos, fraudulentos, “cisternas agrietadas que no retienen el agua” las llama el profeta Isaías (Is 1, 3). Sólo Tú, Señor, eres fuentes de agua viva y, como dejaste dicho, sólo los que beban de esa agua quedarán saciados. Lo entendió la Samaritana que de los placeres de la vida tenía una larga experiencia a sus espaldas. Ojalá lo entendamos también nosotros. También lo entendió la madre Teresa de Calcuta que, el 10 de septiembre de 1946, oyó la voz interior que le pedía “satisfacer la sed de Jesús sirviéndole en la persona de los más pobres entre los pobres”. Desde entonces su vocación fue “apagar la sed, la sed infinita sufrida por Jesús en la Cruz al impulso de su infinito amor por los pobres”. Por eso fundó la congregación de las Misioneras de la Caridad y pasó su vida acompañando a los moribundos y a los más pobres de la sociedad. “Y nosotros? —se preguntaba el Cardenal Javierre en su sermón del año 2004— no podemos ignorar el eco ensordecedor de la palabra de Cristo. Resuena hoy en la persona de todos los que sufren. Mendiga el refrigerio para multitud de cristos atenazados por la sed de nuestro entorno. No hay que ceñirse a la dimensión material. El deseo de Cristo solemnemente proclamado al fin de su jornada con su angustiado grito de ‘tengo sed’ refleja la sed del Padre o lo que es lo mismo el ansia de reunir en su mesa paterna a todos los hijos dispersos”.

 “TODO ESTÁ CUMPLIDO” (Jn 19, 30) La sexta palabra de Jesús en la cruz es, como la anterior, escueta, lacónica pero reveladora de ese Corazón que cautivó al joven jesuita Bernardo de Hoyos, nacido en Torrelobatón, y cuya beatificación en Valladolid se celebró en el mes de abril del 2010 con entusiasmo y fervor. “Todo esta cumplido” podría ser el texto de un telegrama militar o el mensaje de un agente secreto; equivale, en cierto modo, a la expresión “misión cumplida”. Y Cristo, consciente de que su muerte es ya cuestión de minutos y no de horas, de que está ya muy próximo su momento final, recorre sus treinta y tres años de vida; el moribundo hace recuento de sus palabras y de sus hechos, de sus dolores y alegrías, de sus triunfos y fracasos, de sus amigos y enemigos. No tiene nada que reprocharse. Se ha limitado a cumplir la voluntad del Padre que le envió, sin desviarse ni una línea, rechazando con energía las diabólicas tentaciones de Satanás en el desierto, y las no menos satánicas propuestas de Pedro para convertir en mesianismo político su entrega al sacrificio. Un reino, el suyo, sin poder, un reinar que es servir, una cruz que se transforma en trono porque, como afirma el prefacio del segundo domingo de Cuaresma “sólo a través de la Pasión podremos llegar a la gloria de la Resurrección”. Dos fueron los aspectos principales de su única misión: predicar el evangelio y expiar los pecados de los hombres. Los ha cumplido sin regatearse un esfuerzo: caminando por toda la Judea, la Samaría y la Galilea, sin tener un techo donde descansar ni un lecho donde reposar su cabeza, sanando enfermos y predicando las bienaventuranzas, ese nuevo decálogo de maravillosas paradojas que contradicen los eslóganes de la mundanidad. Su expiación comienza ya en Nazaret, al entrar en el seno de María y al hacerse hombre como nosotros. Ella le amamantó, le salvó de la persecución de Herodes llevándosele con José a Egipto, le hizo crecer y —como le profetizó el anciano Simeón—, un dardo atravesó su corazón de madre cuando le vio alejarse para ocuparse, como decía el Santo Niño, de “las cosas de mi padre”. Pero todas las privaciones de la vida pública —la fatiga, las controversias con los fariseos y los escribas, las incomprensiones de quienes habían decidido seguirle persiguiendo otros fines—, se hiperbolizan al comenzar la Pasión: la sangre, el sudor y la angustia en el huerto de Getsemaní, la pérfida traición de Judas con un beso al amigo, la insolencia de los sumos sacerdotes, las bofetadas y las befas de los soldados, la cínica cobardía del gobernador Poncio Pilato, el espanto de la flagelación, la carga de la cruz que le hace caer en tierra tres veces, las burlas e insultos de la multitud, los clavos que taladran sus pies y sus manos, el abandono. Ahora, Señor, te contemplamos en tus últimos momentos de vida antes de expirar sin llegar a comprender del todo la grandeza de tu sacrificio. “Viernes Santo de la Pasión del Señor — exclamaba en este mismo púlpito el Cardenal Amigo, arzobispo emérito de Sevilla, Fray Carlos—. La cruz ha quedado plantada en medio del mundo. Ahora llegan las mil preguntas sobre el dolor, el sufrimiento, la pasión de los inocentes. La explicación no está en la cruz sino en Quien está clavado en ella. Solamente el amor y la entrega al servicio de los demás pueden dar razón de algo que desborda por completo el pensamiento humano. No entendemos la cruz pero sí comprendemos el amor de Cristo y el de tantos hombres y mujeres que con Cristo nos ayudan a llevar la cruz”. La cruz y las cruces de cada día. Esa es la misión de la Iglesia: ser el Cirineo de la humanidad que no puede soportar el peso de la cruz; ser el Buen Samaritano que se baja de su cabalgadura para ayudar a la víctima de los salteadores de caminos; ser bálsamo de tantas heridas, pan y agua para todos los que tienen hambre y sed. Lo dijo con meridiana claridad el Papa Francisco en su primera entrevista a la revista de los jesuitas, “La Civiltá Cattolica”: “Lo que la Iglesia necesita hoy con mayor urgencia es una capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles, cercanía, proximidad. Veo a la Iglesia como un hospital de campaña después de una batalla”. Por entender así la Iglesia, un grupo de jesuitas de Valladolid, fueron bárbaramente asesinados, hace años, en El Salvador, por un poder ciego y criminal asustado por la radicalidad del Evangelio llevado hasta sus últimas consecuencias. Hoy les recordamos y les pedimos algo de su valor, de su gallardía, de su entrega incondicional que les llevó hasta el martirio. Tu, Señor, pudiste decir: “Todo está cumplido”. Nosotros estamos aún muy lejos de poder afirmarlo sin enrojecer de vergüenza pero confiamos en tu misericordia.

 “PADRE EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPIRITU” (Lc 23, 46) La primera y la séptima palabras de Cristo en la cruz comienzan con una exclamación: ¡Padre! “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”. “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. No es una coincidencia fortuita, porque la identidad de Jesús es estar con el Padre, y sólo esa relación Padre-Hijo explica su vocación. La palabra “padre” en boca de Jesús aparece por vez primera en el evangelio de Lucas cuando el adolescente de doce años al que María y José buscaban con angustia les responde: “¿Por qué me buscabais, no sabíais que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?”. Jesús la repite en la Cruz por última vez para que comprendamos que esa es la raíz profunda de su misión. Pocas horas antes en la dramática oración del huerto de Getsemaní, empapado en sudor y sangre, Jesús había rogado: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz pero no se haga mi voluntad sino la tuya”. El evangelista Lucas narra que “entonces se le apareció un ángel del cielo que le confortaba”. Ahora en el leño de la cruz no ha tenido ese consuelo pero su alma está tranquila porque sabe que su Padre Dios le espera con los brazos abiertas y un beso en la frente. Jesús muere; muere con la paz de los justos, con la seguridad de que su muerte significa la salvación del mundo, porque Él muere para salvarnos y muere por nuestros pecados. Lo explica con la lucidez de su alto magisterio el teólogo castellano Olegario González de Cardenal en su tratado de Cristología: “Jesús murió porque unos se pusieron contra él y, sobre todo, porque nadie se arriesgó en favor de él. La conciencia de que hacemos el mal y omitimos el bien cada uno en su tiempo ha llevado a descubrir que todos somos culpables de la muerte de Cristo... los hombres no saben lo que hacen contra Él pero Él sí sabe lo que hace por ellos. La oración por los que le crucifican, la entrega del discípulo a su madre y de esta al discípulo, la rendición confiada en las manos del Padre a la que vez que sufre en la agonía el abandono de todos concluyen el destino de Jesús. Los evangelios no ofrecen fotografías ni actas notariales del acto. Cada uno pone unos textos en su boca en la hora de expirar. Ora con los salmos como todo judío en vida y en muerte y con el primer verso da por supuesto todo el resto”. Jesús no muere desesperado, ni abandonado por Dios, como han querido sostener algunos teólogos modernos. Por el contrario muere consciente de que su muerte es “expresión de la coherencia de su vida, que mantiene su entrega al reino hasta el final, la confianza en Dios y la fidelidad a los hombres” (“Cristología”, pág. 114) Y como ejercicio supremo de caridad muere ajusticiado como un esclavo, como uno más entre los marginados por la sociedad. Y es la humilde expresión de su condición humana porque ser hombre es saber de la muerte, contar con ella y aceptarla como acción y pasión. La muerte que tanto nos espanta, que nubla nuestros falsos horizontes de felicidad. Esa muerte que quisiéramos desterrar, alejar, aniquilar, borrar de nuestro calendario vital. Vano empeño porque nuestra vida sigue un camino que más tarde o más temprano nos conducirá a esa meta. Bien lo entendieron nuestros antepasados castellanos —no creo necesario recordar aquí los versos de Jorge Manrique a la muerte de su padre que todos conocéis—, y la aceptaron con ancestral sabiduría reforzada por una fe fuerte como un roble. Y mejor aún lo comprendieron nuestros místicos. No puedo no citar en este año a nuestra Santa de Ávila que escribe en su libro “Camino” a sus monjas: “Porque será gran cosa a la hora de la muerte ver que vamos a ser juzgados de quien habemos amado sobre todas las cosas. Seguras podremos ir con el pleito de nuestras deudas; no será ir a tierra extraña sino propia pues es la de quien tanto amamos y nos ama”. Y ya en pleno éxtasis amoroso Santa Teresa escribe sus inmortales versos: “Vivo sin vivir en mi Y tan alta vida espero Que muero porque no muero Aquella vida de arriba Que es la vida verdadera Hasta que esta vida muera No se goza estando viva. Muerte no me sea esquiva Viva muriendo primero Que muero porque no muero ¡Cuan triste es, Dios mío La vida sin Tí Ansiosa de verte Deseo morir” Hasta aquí ha llegado nuestro tiempo de meditación de las Siete Palabras de Cristo en la Cruz. Mi único deseo es que mi torpe oratoria no os haya impedido escuchar en vuestros corazones el mensaje que contienen y la esperanza que nos transmiten. Yo no he venido aquí ni a lucirme ni a quedar bien, sino a serviros de ayuda en vuestro acercamiento al Señor que sufre, que muere por nosotros pero que con su Resurrección nos dará a todos vida y vida eterna. Al acabar su Sermón de las Siete Palabras el año 1991, Don Marcelo, hizo un emocionante llamamiento a todos los que le escuchaban. No encuentro mejor modo de poner yo también fin a mis palabras que citando las suyas más sabias y profundas que las mías: “Valladolid —dijo— ¡conserva tu alma, guárdala, no dejes que te profanen, no dejes que se pierda por los caminos de una falsa modernidad! Tenéis una historia gloriosa en esta Castilla la vieja y hay que mantenerla a todo trance; es el genio de un pueblo, de un pueblo que vibra con la belleza de lo religioso, de estas excelsas esculturas. ¡Dios quiera que los años venideros conserven este espíritu de hoy!”. ASÍ SEA

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