Valladolid Cofrade Semana Santa de Valladolid 2022


SERMÓN DE LAS SIETE PALABRAS

VIERNES SANTO

Valladolid, 15 de abril de 2022

sermon.jpg (Foto; Norte de Castilla)

+ Vicente Jiménez Zamora

Arzobispo emérito de Zaragoza Coordinador del Equipo Sinodal en la Conferencia Episcopal Española

Introducción

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

“Cristo, por nosotros, se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz”.

Saludo con particular afecto:

Al Sr. Cardenal Arzobispo Metropolitano, D. Ricardo, y al Sr. Obispo Auxiliar, D. Luis.

Al Sr. Párroco y Consiliario; al Sr. Alcalde-Presidente de la Cofradía de las Siete Palabras, a quien agradezco su amable invitación; y a los cofrades de todas las Cofradías Penitenciales.

Al Sr. Alcalde de la Ciudad; a los Srs. Embajadores de diversos países en España; a las Excelentísimas e Ilustrísimas autoridades civiles y militares.

A los fieles presentes en esta Plaza Mayor de Valladolid y a los que siguen la retransmisión de este Acto a través de los medios de comunicación.

Hoy es Viernes Santo, la Pascua de la Cruz, dentro de la Semana Santa, que es el tiempo en que se condensa la celebración del Misterio Pascual de Cristo, su pasión, muerte y resurrección, de una manera litúrgica y sacramental en las iglesias y en los templos, y de una manera figurativa y plástica en las calles y plazas. El inmenso tesoro de la piedad popular desplegado en las procesiones a través de las Cofradías y Hermandades enriquece el Triduo Pascual.

Las imágenes y “pasos” que desfilan en nuestras procesiones de Valladolid tienen alma y tienen vida, porque han nacido de la fe de un pueblo, que a través del arte, sufre y goza; reza y canta; muere y resucita. Las imágenes de Semana Santa hablan al corazón del ser humano; tocan la sensibilidad individual y colectiva; suscitan la fe, la esperanza y el amor.

Nuestra imaginería religiosa, obra de los grandes artistas de la escuela castellana, como Gregorio Fernández, Alonso Berruguete, Juan de Juni, entre otros, tiene pedagogía y apologética. Es una catequesis viviente. La fe, cuando es viva y vigorosa, es capaz de crear cultura, arte y belleza. “La síntesis entre cultura y fe no es solo una exigencia de la cultura, sino también de la fe […]. Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida”, afirmó san Juan Pablo II.

Celebramos la semana mayor del año litúrgico en este tiempo de gracia que es el Sínodo convocado por el Papa Francisco: Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión. Un tiempo habitado por el Espíritu para “hacer que germinen sueños, suscitar profecías y visiones, hacer florecer esperanzas, estimular la confianza, vendar heridas, entretejer relaciones, resucitar una aurora de esperanza, aprender unos de otros, y crear un imaginario positivo que ilumine las mentes, enardezca los corazones, dé fuerza a las manos”.

Pero también celebramos la Semana Santa con el contrapunto del mal de la pandemia, que va remitiendo, pero que sigue todavía presente y que ha causado muchas muertes y unas graves consecuencias sociales, económicas, laborales y sicológicas, que no debemos olvidar.

Tiempo de pandemia seguido del cortejo de males de la guerra sacrílega de invasión en Ucrania, que es una verdadera locura, una catástrofe humanitaria, que acarrea lágrimas, sangre, muertes, ruina y muchos problemas humanos. La guerra siempre es una derrota para la humanidad. También tenemos en cuenta otras guerras silenciadas en otras partes del mundo. La Semana Santa de este año debe llevarnos a solidarizarnos con tantos hermanos que sufren en sus carnes los horrores de la guerra. Cristo sigue sufriendo en las víctimas de las guerras, son su carne sufriente, porque como decía Pascal: “Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo”.

Oremos al Dios de la paz, que nos quiere hermanos y no enemigos, para que en la humanidad cese el odio y venza el amor, para que triunfe el sentido común y se respete el derecho internacional.

Estamos ahora congregados en la Plaza Mayor de esta ciudad de Valladolid, engalanada con telones negros y con el cortejo de los pasos que representan cada una de las Siete Palabras. Este “conjunto de pasos que exhibe Valladolid no tiene igual ni en primores de arte ni en sentimiento genuino de honda religiosidad”

Jesús el Maestro, desde la cátedra de la cruz, pronuncia para todos nosotros sus últimas Siete Palabras. Son palabras, que se han plasmado en composiciones musicales, en poemas, en pinturas y en esculturas, como las que contemplamos ahora en este salón magno de nuestra Ciudad. Son palabras de amor y de dolor, porque el corazón siempre sangra por donde ama; son palabras de luz y de vida; son palabras pronunciadas por la primera y eterna Palabra del Padre.

¡Escuchad, hermanos!

PRIMERA PALABRA

PADRE, PERDÓNALOS, PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN

Del evangelio según san Lucas (23, 33-34a)

“Y cuando llegaron al lugar llamado “La Calavera”, lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

Comentario y aplicación a la vida. En la cima del Gólgota, suspendido entre el cielo y la tierra; con los brazos abiertos en ademán de abrazar al género humano, Jesús abre los labios, rompe su silencio y ora: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34).

Jesús, desde la cruz, cumple lo que había enseñado: “Perdonad a los enemigos; rezad por los que os persiguen” (Lc 6, 27). Cristo pide perdón para todos: para los verdugos que lo crucifican; para los sumos sacerdotes, Anás y Caifás; para Herodes y Pilatos; para Simón Pedro y para Judas el traidor; para ti y para mí; para todos.

Cristo en el llamado “sermón de la montaña” había propuesto la sublime revolución del amor cristiano: perdón en vez de venganza y amor en lugar de odio. En forma de sentencias lapidarias y breves, Jesús en el conocido sermón, carta magna del cristiano para entrar en el reino, nos dio una norma de conducta y la motivación de la misma: amad a vuestros enemigos, así seréis hijos de Dios.

Este evangelio del perdón, que contiene la primera palabra de Jesús en la cruz, es radical, sublime, pero molesto y casi imposible de cumplir, sin la gracia de Dios, que nos da fuerzas para amar y perdonar.

¿Ignoraba Jesús que llevamos dentro una innata Ley del talión, que nos manda el odio y la venganza? Precisamente, porque lo sabía, nos propone un camino de liberación y de felicidad, no mediante una estúpida pasividad, sino por la fuerza activa del perdón, como expresión del amor. Para perdonar, el camino es el amor. Este es el amor más grande y auténtico; el amor que Cristo nos enseñó y practicó; el amor que hace creíble su evangelio hasta morir perdonando como hicieron también los mártires de ayer, empezando por san Esteban protomártir, pasando por los mártires del siglo XX de la persecución religiosa en España y siguiendo por los mártires de hoy en tantos lugares del mundo.

¡Cuánto sufrimiento, cuántas divisiones, cuántas guerras podrían evitarse, si el perdón, el amor y la misericordia fueran el estilo de nuestra vida! Incluso en la familia. Cuántas familias desunidas que no saben perdonarse, cuántos hermanos que tienen el rencor dentro. Es necesario aplicar el perdón, fruto del amor, en todas las relaciones humanas: entre los esposos, entre los padres e hijos, dentro de nuestras comunidades, en la Iglesia y también en la sociedad y en la política.

Hoy es Viernes Santo, nadie debe salir de esta plaza Mayor sin recibir perdón y sin perdonar, porque la primera palabra de Cristo en la cruz nos invita a perdonar.

Súplica: Padre, perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.

SEGUNDA PALABRA

EN VERDAD TE DIGO: HOY ESTARÁS CONMIGO EN EL PARAÍSO

Del evangelio según san Lucas 23, 39-43.

“Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: “¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad,

lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha hecho nada malo”. Y decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”. Jesús le dijo: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Comentario y aplicación a la vida: San Agustín, en uno de sus sermones, afirma: “En un mismo lugar estaban tres crucificados: en el medio estaba el Señor, que fue contado entre los malhechores. A un lado y a otro le pusieron dos bandidos, pero el motivo no era el mismo. Se hallaban a ambos lados del crucificado, pero les separaba una gran distancia. A ellos los crucificaron sus desmanes; al Señor los nuestros”. “Hay tres hombres en cruz: uno que da la salvación, otro que la recibe, un tercero que la desprecia. Para los tres la pena es la misma, pero todos mueren por diversa causa”.

“La segunda palabra de Jesús en la cruz, transmitida por san Lucas es una palabra de esperanza; es la respuesta a una oración de súplica de uno de los dos hombres crucificados con Él. El buen ladrón, ante Jesús, entra en sí mismo y se arrepiente, se da cuenta de que se encuentra ante el Hijo de Dios, que hace visible el rostro del mismo Dios, y le suplica: ‘Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino’ (v. 42). La respuesta del Señor a esta oración va mucho más allá de la petición; en efecto, dice: ‘En verdad te digo: hoy estará conmigo en el paraíso’ (v. 43)”.

“Jesús se da cuenta de que entra directamente en la comunión con el Padre y de que abre nuevamente al hombre el camino hacia el paraíso de Dios. Así, a través de esta respuesta da la firme esperanza de que la bondad de Dios puede tocarnos incluso en el último instante de la vida, y la oración sincera, incluso después de una vida equivocada, encuentra los brazos abiertos del Padre bueno que espera el regreso del hijo”.

¿Qué lección podemos aprender nosotros, que somos también pecadores, de la experiencia del buen ladrón?

La respuesta es que la salvación es un don gratuito de Dios que se nos ofrece, y que se nos invita a acoger siempre de nuevo. El hombre no vuelve profundamente a sí mismo por lo que hace, sino por lo que

recibe. Tiene que esperar el don del amor, y el amor sólo puede recibirlo como don. El hombre para salvarse depende de un don. Si se niega a recibirlo, se destruye a sí mismo. El amor, la misericordia, el perdón son el don que todos necesitamos. Y hemos de recibirlo de la Iglesia, a quien el Señor confío este don, por medio de sus sacramentos, en particular el sacramento de la Reconciliación, entregado al ministerio apostólico, a los Apóstoles y sus sucesores: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados. A quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20, 23).

Súplica: Señor Jesucristo, que, colgado en la cruz, diste al ladrón arrepentido el Reino eterno, míranos a nosotros que, como él, confesamos nuestras culpas, y concédenos poder entrar también, como él, después de la muerte, en el paraíso.

TERCERA PALABRA

MUJER, AHÍ TIENES A TU HIJO AHÍ TIENES A TU MADRE

Del evangelio según san Juan 19, 25-27.

“Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego dijo al

discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio”.

Comentario y aplicación a la vida: Jesús ha pronunciado ya sobre la cátedra de la cruz sus dos primeras palabras: ha pedido perdón para sus enemigos; y ha empeñado su palabra divina en la salvación del buen ladrón.

Ahora, cuando llega la “hora” central de Jesús, cuando van a cumplirse las promesas divinas y va a nacer la Iglesia del costado abierto de Cristo; cuando hay profundas tinieblas a las tres de la tarde y el tambor tenso de la tierra, en terremoto, comienza a redoblar por la muerte del Redentor, Jesús, en declaración solemne, proclama a su Madre, la Virgen María, “Madre de todos los hombres”.

María estaba de pie junto a la cruz de su Hijo. María compartió el dolor profundo de su Hijo en el momento de la muerte en el Calvario. Se cumplía así la profecía del anciano Simeón en el templo de Jerusalén, que era como “la segunda anunciación” (Juan Pablo II): “Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción - y a ti misma una espada te traspasará el alma - para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones” (Lc 2, 34-35).

El acontecimiento salvífico del Calvario tiene dos sujetos: Cristo y su Madre. Así lo expresa el texto del Concilio Vaticano II: “María, padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó de forma enteramente singular a la obra del Salvador” (LG 61).

Además esto tiene lugar por voluntad del Padre: “María, no sin designio divino, se mantuvo erguida, sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de Madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado” (LG 58).

A la “pasión” de Cristo corresponde la “compasión” de María. Si el Hijo es “el varón de dolores” (cfr. Is 53, 3), su Madre se convierte en “la mujer de dolores”; si él es el “Siervo de Yahveh” sufriente, ella es la “Sierva del Señor” (cfr. Lc 1, 38) dolorosa.

Pero, “¿Cuál es el significado de esta singular cooperación de María en el plan de la salvación? Hay que buscarlo en una intención particular de Dios con respecto a la Madre del Redentor, a quien Jesús llama con el título de “mujer” en dos ocasiones solemnes, en Cana de Galilea y al pie de la cruz (cfr. Jn 2, 4; 19, 26). María está asociada a la obra de la salvación en cuanto mujer. Dios, que creó al hombre “varón y mujer” (cfr. Gn 1, 27), también en la Redención quiso poner al lado del nuevo Adán a la nueva Eva. La pareja de los primeros padres emprendió el camino del pecado; una nueva pareja, el Hijo de Dios con la colaboración de su Madre, devolvería al género humano su dignidad originaria”.

En esta tercera palabra de Jesús en la cruz, correlativa hacia la Mujer y hacia el hijo, y vinculante para ambos, se fundamenta el título que el Papa san Pablo VI, al final de la tercera etapa del Concilio Vaticano II, concedió a María como “Madre de la Iglesia”. “Así, pues, para la gloria de la Virgen María y consuelo nuestro, declaramos a María Santísima Madre de la Iglesia, es decir, de todo el pueblo cristiano, tanto fieles como pastores, que la llaman Madre amantísima, y decretamos que con este dulcísimo nombre, ya desde ahora, todo el pueblo honre e invoque a la Madre de Dios”. “Y desde aquella hora el discípulo la recibió como algo propio” (Jn 19, 27). La acogió en su propia realidad, en su propio ser, en su casa. Así forma parte de su vida y las dos vidas se compenetran. Este aceptarla en la propia vida es el testamento del Señor. Por tanto, en el momento supremo del cumplimiento de la misión mesiánica, Jesus deja a cada uno de sus discípulos, como herencia preciosa, a su misma Madre, la Virgen María.

Acojamos a la Virgen María en nuestro corazón y profesemos hacia Ella una verdadera devoción, que como afirma el Concilio Vaticano II: “no consiste ni en un sentimentalismo estéril y transitorio ni en una vana credulidad, sino que procede de la fe auténtica, que nos induce a reconocer la excelencia de la Madre de Dios, que nos impulsa a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes” (LG 67).

Súplica: Señor Jesús, que en la hora suprema de la cruz, nos diste como Madre a tu Madre, haz que la acojamos en la casa de nuestro corazón con un afecto tierno y filial, y vivamos siempre como miembros de la Iglesia, de la que María es imagen y figura.

Y con el Papa Francisco en el Acto de consagración de Rusia y Ucrania al Inmaculado Corazón de María (25.03.2022), oramos: “Madre, queremos acogerte ahora en nuestra vida y en nuestra historia. En esta hora la humanidad, agotada y abrumada, está contigo al pie de la cruz. Y necesita encomendarse a ti, consagrarse a Cristo a través de ti. El pueblo ucraniano y el pueblo ruso, que te veneran con amor, recurren a ti, mientras tu Corazón palpita por ellos y por todos los pueblos diezmados a causa de la guerra, el hambre, las injusticias y la miseria […] Tú que has recorrido nuestros caminos, guíanos por sendas de paz”.

CUARTA PALABRA

DIOS MÍO, DIOS MÍO,

¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?

Del evangelio según san Mateo 27, 45-49.

“Desde la hora sexta hasta la hora nona vinieron tinieblas sobre la tierra. A la hora nona, Jesús gritó con voz potente:

Elí, Elí, lemá sabaqtaní (es decir: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Al oírlo algunos de los que estaban allí dijeron: Está llamando a Elías. Enseguida uno de ellos fue corriendo, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola a una caña, le dio de beber. Los demás decían: Dejadlo, a ver si viene Elías a salvarlo”.

Comentario y aplicación a la vida: Los evangelistas Mateo y Marcos relatan la cuarta palabra de Jesús moribundo no sólo en la lengua griega, en la que está escrito su relato, sino también, por la importancia de estas palabras, en una mezcla de hebreo y arameo, la lengua coloquial de Jesús. De este modo, transmiten no sólo el contenido, sino hasta el mismo sonido que esa oración tuvo en labios de Jesús: escuchamos realmente las palabras de Jesús como sonaban.

Pero, ¿qué significado tiene la oración de Jesús, el grito que eleva al Padre: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.

Las palabras que Jesús dirige al Padre son el comienzo del salmo 22, donde el salmista manifiesta la tensión entre el abandono y la conciencia cierta de la presencia de Dios en medio de su pueblo.

Jesús reza en el momento del último rechazo de los hombres, en el momento del abandono; reza, sin embargo, con las palabras del salmo, consciente de la presencia de Dios Padre también en esta hora en la que siente el drama humano de la muerte. Pero en nosotros surge una pregunta: ¿Cómo es posible que Dios tan poderoso no intervenga para evitar esta prueba terrible a su Hijo? Es importante entender que la oración de Jesús no es el grito de quien va al encuentro de la muerte con desesperación, y tampoco es el grito de quien es consciente de haber sido abandonado. Jesús, en aquel momento dramático, hace suyo todo el salmo 22, el salmo del Pueblo de Israel que sufre, y de este modo toma sobre sí no solo la pena de su pueblo, sino también la pena de todos los hombres que sufren a causa de la opresión del mal; y, al mismo tiempo, lleva todo esto al corazón de Dios mismo con la certeza de que su grito será escuchado en la Resurrección: “El grito en el extremo tormento es al mismo tiempo certeza de la respuesta divina, certeza de la salvación, no solamente para Jesús mismo, sino para “muchos”.  La oración de Jesús moribundo en la cruz nos enseña a rezar con amor por tantos hermanos nuestros que sienten el peso de la vida diaria, que viven momentos difíciles, que atraviesan situaciones de dolor, que no cuentan con una palabra de consuelo. Pensemos, por ejemplo,  en la  soledad de los ancianos descartados porque no producen; en el drama del abuso sexual de los menores en la Iglesia, pero también en la sociedad; en las personas sin techo; en las mujeres maltratadas.

Pensemos ahora, en la angustia de tantas familias de refugiados a causa de la guerra en Ucrania y de otras guerras en distintas partes del mundo; y en toda la interminable letanía de las angustias humanas, que tiene múltiples rostros.

Queridos hermanos: la cruz, el sufrimiento, el dolor, la muerte, el mal son un misterio. Para quien no tiene fe, ese misterio puede conducir al absurdo y desembocar en la desesperación, pero para quien tiene fe en Dios y espera en el Señor, ese misterio del mal, aunque no tiene una explicación, tiene un sentido y un valor.

El Concilio Vaticano II, en el Mensaje a los pobres, a los enfermos, a todos los que sufren dice. “…la única verdad capaz de responder al misterio del sufrimiento y de daros un alivio sin engaño es la fe y la unión al Varón de dolores, a Cristo, Hijo de Dios, crucificado por nuestros pecados y nuestra salvación. Cristo no suprimió el sufrimiento y tampoco ha querido desvelar enteramente su misterio: Él lo tomó sobre sí, y eso es bastante para que nosotros comprendamos todo su valor. ¡Oh vosotros que sentís más pesadamente el peso de la cruz! Vosotros que sois pobres y desamparados, los que lloráis, los que estáis perseguidos por la justicia, vosotros sobre los que se calla, vosotros los desconocidos del dolor, tened ánimo; sois los preferidos del Reino de Dios, el Reino de la esperanza, de la bondad y de la vida; sois los hermanos de Cristo paciente, y con Él, si queréis, salváis al mundo. He aquí la ciencia cristiana del dolor, la única que da paz. Sabed que no estáis solos, ni separados, ni abandonados, ni inútiles: sois los llamados por Cristo, su viva y transparente imagen”.

Súplica: Señor, cuando la espina de la cruz se clave en nuestro corazón; cuando sintamos las horas bajas de la depresión; cuando la luz de la fe se oscurezca y la ilusión ya no brille, danos valor para no desesperar y acudir, como Tú, a Dios para decirle con la oración del abandono y de la esperanza: “Dios mío, Dios mío,

¿por qué me has abandonado?”.

QUINTA PALABRA

TENGO SED

Del evangelio según san Juan 19, 28-29.

“Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo: “Tengo sed”. Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca”.

Comentario y aplicación a la vida: Uno de los más terribles tormentos de los crucificados era la sed física. Jesús sintió una sed atroz producida por causas naturales: la pérdida de sangre, la fiebre, el sudor, la angustia.

Pero el evangelista san Juan transforma este hecho en profunda enseñanza del misterio de la crucifixión y muerte de Jesucristo. Jesús quiere cumplir la voluntad del Padre hasta el final, hasta el último detalle de la Escritura. Y entonces recuerda el salmo 68 tantas veces por Él recitado, una de las más emotivas súplicas dirigidas a Dios por el hombre angustiado: “Dios mío, sálvame, que me llega el agua al cuello […] Estoy agotado de gritar, tengo ronca la garganta; se me nublan los ojos de tanto aguardar a mi Dios […] En mi comida me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre” (Salmo 68).

“Nos damos cuenta ahora de que aquí se esconde también un profundo misterio. El Maestro que propone a la samaritana un agua viva que arrastre el corazón hasta la vida eterna; quien le habla del agua que quitará la sed para siempre (Jn 4); quien nos invita a dar un vaso de agua al sediento, porque es lo mismo que dárselo a él (Mt 10, 42; 25,35); quien transformó seis tinajas de agua en valioso vino ( Jn 2, 7); quien a voz en grito anunciaba junto al templo de Jerusalén en un solemnísimo día de fiesta: “El que tenga sed venga a mí y beba […] y de sus entrañas manarán ríos de agua viva” ( Jn 7, 37-38), el mismo Jesús ahora, a punto de expirar, desde lo alto de la cruz, sólo dice: “Tengo sed”.

Jesús en la cruz, además de la sed física, tiene otra clase de sed: sed de amor. Conviene observar que Juan es el evangelista del agua. Y en su evangelio, el agua, además de otros significados, es símbolo del amor. En las bodas de Caná de Galilea, Juan asiste al signo de la conversión del agua en vino: el vino rojo y caliente del amor. La tarde del Jueves Santo, en la cena pascual, el vino de las bodas se convierte en sangre: la sangre roja y ardiente del amor de Cristo.

Pero aquella sangre, que contenía el cáliz de la Cena, se ha derramado toda, y el cuerpo roto de Jesús, desangrado, se muere de sed, y Jesús pide amor.

La sed de Cristo es también nuestra sed. El hombre es un pozo de llanto y de sed. Tiene sed de verdad. “Siempre permanece en lo más profundo de su corazón la nostalgia de la verdad absoluta y la sed de alcanzar la plenitud de su conocimiento […] Lo prueba su búsqueda del sentido de la vida. El desarrollo de la ciencia y de la técnica no exime al hombre de plantearse los interrogantes fundamentales, sino que más bien le estimula a afrontar las luchas más dolorosas y decisivas, como son las del corazón y de la conciencia moral”.

“Ningún hombre puede eludir las preguntas fundamentales: ¿qué debo hacer?, ¿cómo puedo discernir el bien del mal? La respuesta es posible sólo gracias al esplendor de la verdad, que brilla en lo más íntimo del espíritu humano […] La respuesta decisiva a cada interrogante del hombre, en particular, a sus interrogantes religiosos y morales, la da Jesucristo; más aún, como recuerda el Concilio Vaticano II, la respuesta es la persona misma de Cristo: “Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (GS 22)”.

Finalmente, el hombre tiene sed de Dios, plenitud de verdad, de bien, de belleza, de vida, de espíritu, porque el hombre es un clamor ontológico referido a la trascendencia, según la célebre frase de san Agustín en el prólogo de su libro las Confesiones: “Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”.

Súplica: Señor, en la cruz tuviste sed de mí y de mi amor; y ahora mi alma tiene sed de Ti, como tierra reseca, agostada, sin agua. Jesús, que en mi sed acuda a Ti, fuente de agua viva, para que nunca más tenga sed.

SEXTA PALABRA

ESTÁ CUMPLIDO

Del evangelio según san Juan 19, 30.

“Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: “Está cumplido”. E, inclinado la cabeza, entregó el espíritu”.

Comentario y aplicación a la vida: Jesús había terminado de rezar pausadamente el salmo 22 en la cuarta palabra; había gritado su sed física y espiritual en la quinta palabra; y, después de tomar vinagre, dijo: “Está cumplido”.

Según el evangelio de san Juan, Jesús pronunció esta palabra poco antes de expirar. En ella manifiesta su conciencia de haber cumplido la misión para la que fue enviado (cfr. Jn 17, 4). No se trata tanto de que Jesús haya realizado sus proyectos, sino de la conciencia de que ha cumplido la voluntad del Padre en obediencia filial y amorosa hasta entregar su vida en la cruz. Jesús, al entrar en el mundo, dijo: “Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo; no aceptaste holocaustos y víctimas expiatorias”. Entonces yo dije: “He aquí que vengo para hacer, ¡oh Dios, tu voluntad” (Hb 10, 5-7). “Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre” (Hb 10, 10) en la cruz. Desde el vientre de su Madre hasta el nacimiento en Belén; desde el nacimiento hasta el Calvario, todos los momentos de la vida de Jesús están marcados por el fiel cumplimiento de la voluntad del Padre. El cumplimiento de la voluntad del Padre culmina en la llegada de su “hora”: “Yo te he glorificado sobre la tierra, he llevado a cabo la obra que me encomendaste. Y ahora, Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que yo tenía junto a ti antes de que el mundo existiese” (Jn 174-5). Para el evangelista san Juan, la glorificación y la “hora” de Jesús se verifican en su muerte en la cruz.

Ojalá que notros, al llegar el momento supremo de nuestra vida, al llegar la hora de la cuenta, podamos decir: “Todo está cumplido”. Ojalá que al hacer balance de nuestra vida no seamos como el siervo negligente y holgazán, que mereció la reprobación del Señor, sino como el siervo trabajador, para que recibamos la aprobación: “¡Bien, siervo bueno y fiel!; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor” ( Mt 2514-30). Ojalá que, a pocos metros de la meta de la carrera, haciendo una evaluación final de nuestra existencia, podamos decir con san Pablo “He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe. Por lo demás, me está reservada la corona de la justicia, que el Señor, juez justo, me dará en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que hayan aguardado con amor su manifestación” (2 Tim 4, 7-8).

Jesús ha llegado a la meta con la misión cumplida. Pero la historia de salvación no acaba, sigue avanzando hasta el final de los tiempos. Cuando Jesús concluye su obra, empieza el tiempo del Espíritu Santo; se convierte en dador del Espíritu. Por eso san Juan narra la muerte de Cristo con una extraña expresión que no es normal (en griego), para decir que murió, “e inclinando la cabeza entregó el espíritu” (Jn 19, 20). El último suspiro de Jesús simboliza el don del Espíritu; “Él os lo enseñará todo y os irá recordando todo lo que yo os he dicho” (Jn 14, 26). El Espíritu que Jesús entrega al morir sigue actuando en su Iglesia en esta hora del Sínodo, que es un tiempo habitado por el Espíritu para renovar la Iglesia. Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión. El Papa Francisco, en la alocución al inicio del proceso sinodal, pronunciaba estas palabras: “Que este Sínodo sea un tiempo habitado por el Espíritu. Porque tenemos necesidad del Espíritu, del aliento siempre nuevo de Dios, que libera de toda cerrazón, revive lo que está muerto, desata las cadenas y difunde la alegría. El Espíritu Santo es Aquel que nos guía hacia donde Dios quiere, y no hacia donde nos llevarían nuestras ideas y nuestros gustos personales.

El padre Congar, de santa memoria, recordaba: “No hay que hacer otra Iglesia, pero, en cierto sentido, hay que hacer una Iglesia otra, distinta” (Verdadera y falsa reforma en la Iglesia, Madrid 2014, 213). Y esto es un desafío. Por una “Iglesia distinta”, abierta a la novedad que Dios le quiere indicar, invoquemos al Espíritu con más fuerza y frecuencia, y dispongámonos a escucharlo con humildad, caminando juntos, tal como Él - creador de la comunión y de la misión - desea, es decir, con docilidad y valentía”. Ven, Espíritu Santo. Tú que suscitas lenguas nuevas y pones en los labios palabras de vida, líbranos de convertirnos en una Iglesia de museo, hermosa, pero muda, con mucho pasado y poco futuro. Ven en medio de nosotros, para que en la experiencia sinodal no nos dejemos abrumar por el desencanto, no diluyamos la profecía, no terminemos de reducirlo todo a discusiones estériles. Ven, Espíritu Santo de amor, dispón nuestros corazones a la escucha. Ven, espíritu de santidad, renueva al santo Pueblo fiel de Dios. Ven, Espíritu creador, renueva la faz de la tierra”.

Súplica: Gracias, Señor, por haber cumplido fiel y amorosamente la voluntad del Padre y habernos entregado tu Espíritu que hace nuevas todas las cosa y rejuvenece a la Iglesia.

SÉPTIMA PALABRA

PADRE, A TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPÍRITU

Del evangelio según san Lucas 23, 44-46.

“Era ya como la hora sexta, y vinieron las tinieblas sobre toda la tierra, hasta la hora nona, porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús con voz potente, dijo: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu. Y dicho esto expiró”.

Comentario y aplicación a la vida: Es el momento cumbre. Jesús se incorporó; todavía era el Rey de la Vida. Se puso en actitud grave y majestuosa, levantó los ojos al cielo, abrió sus labios y con voz potente, dijo: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu, y dicho esto, expiró”.

La oración de Jesús, en este momento extremo de sufrimiento, es de confianza total en Dios. En la cruz Jesús vive su profunda relación filial con Dios. Las palabras pronunciadas por Cristo, después de la invocación “Padre”, son el comienzo del salmo 31, que es la súplica del justo atribulado: “A tus manos encomiendo mi espíritu”. La Liturgia de las Horas de la Iglesia pone ese salmo en el responsorio de Completas antes del descanso nocturno.

Estas palabras en labios de Jesús no son una mera cita bíblica, sino que son un acto de “entrega”, de total abandono en las manos de Dios. Jesús se dejó entregar en las manos de los hombres en el huerto de los Olivos y en la pasión; pero su espíritu lo puso en las manos del Padre en la hora de la muerte.

¿Qué es lo que Cristo pone en las manos del Padre? ¿Cuál es el contenido de su espíritu? Un autor moderno hace este bello comentario: “Cuando Jesús expira, pone en las manos de Dios el pan que partieron sus manos, los amaneceres desde el mar de Galilea, el tesoro escondido, las miradas de los ciegos, el óbolo de la viuda, las espigas arrancadas en sábado, la luz de Agosto en el Tabor, los cabellos de la mujer que le ungió con su ternura, el Padrenuestro, la camilla del paralítico, la medida remecida, las hojas de la higuera, los pies de sus discípulos, la casa de Cafarnaúm, el amor de sus amigos, las negaciones de Pedro, los sueños de José, las setenta veces siete, el regreso del hijo pródigo, el samaritano que se detuvo en el camino, la estrella que guio a los Magos, la tentación de transformar la piedra en pan, las monedas que abandonó Mateo para seguirle, el agua del Jordán, los limpios de corazón, la corona de espinas, el sudario de Lázaro, la cabeza del Bautista, los sepulcros blanqueados, el candil en el candelabro, la subida a Jerusalén, la puerta estrecha, las letras que escribió en la arena, el pozo de Jacob, las preguntas de los fariseos, el camello y la aguja, las migas de la cananea, la invitación a caminar descalzos, la mostaza y la levadura, el signo de Jonás, la tempestad calmada, la copa de su sangre, el pórtico de Salomón, las piedras cayendo de las manos de los viejos, las palabras de Isaías, el vino alegre de Caná, las manos de Pilatos, la soledad de sus últimas horas, las lágrimas de María, la sal del mundo, la justicia del reino y todo lo que por añadidura se nos dará. Todo esto es lo que Jesús entrega al Padre cuando, en su último aliento, le encomienda su espíritu”.

Carlos de Foucauld, el antiguo vizconde y militar, y luego mendigo y pobre entre los pobres de Argelia, que en su madurez fue un místico contemplativo en el desierto y que será canonizado en Roma el próximo 15 de mayo, compuso y vivió la bellísima oración del abandono y de la confianza en Dios, que podemos hacer nuestra esta mañana:

“Padre, me pongo en tus manos. Haz de mí lo que quieras. Sea lo que sea te doy las gracias. Estoy dispuesto a todo. Lo acepto todo con tal de que tu voluntad se cumpla en mí y en todas tus criaturas. No deseo nada más, Padre. Te confío mi alma, te la doy con todo el amor de que soy capaz, porque te amo y necesito darme, ponerme en tus manos sin medida, con una infinita confianza, porque tú eres mi Padre”.

Conclusión

Acabamos de proclamar y meditar las Siete Palabras de Jesús en la cruz en el marco solemne de esta Plaza Mayor de Valladolid, en este Viernes de la cruz del año 2022. Ante la pasión y muerte del Señor, nos preguntamos como los primeros cristianos: ¿Por qué ha padecido Cristo? Y la respuesta es: “¡Por nuestros pecados!”. Nace así la fe pascual expresada en la célebre frase de san Pablo en la carta a los Romanos: “Cristo murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación” (Rom 4, 25). Hoy, Día de Viernes Santo, es día de repetirnos a nosotros que “Cristo nos amó y se entregó por nosotros” (Ef  5, 2), que “Cristo me amó y se entregó por mí” (Gál 2, 20), que “Cristo amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella (Ef 5, 25), que “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 3).

Hermanos: La cruz está ya transfigurada. Es también Pascua. “Cuando sea levantado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32), dijo Jesús. Al alba del tercer día, la cruz reventó en vida nueva, en fruto ubérrimo y en resurrección gloriosa. El amor no podía quedar estéril. El amor verdadero siempre es fecundo. El amor es vida. La cruz es luz. Y la cruz floreció hasta la eternidad en triunfo de victoria. Por eso cantamos con sones de triunfo: “¡Victoria, tú reinarás. Oh cruz, tú nos salvarás!”.

Oración final: Dios todopoderoso y eterno, tú quisiste que nuestro Salvador se hiciese hombre y muriese en la cruz, para mostrar al género humano el ejemplo de una vida sumisa a tu voluntad; concédenos que las enseñanzas de su pasión nos sirvan de testimonio, y que un día participemos en su gloriosa resurrección. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén